LOS CAPUCHINOS (O. F. M. Cap.) 

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Los CAPUCHINOS son una rama o porción de la Orden de Hermanos Menores fundada por san Francisco de Asís, que, en el siglo XVI, buscando una vivencia más estricta y fiel de la Regla y forma de vida original, se separó de la Observancia.


Origen DE LA ORDEN CAPUCHINA
por Fr. Julio Micó, o.f.m.cap.


La desazón producida por el sentimiento de infidelidad al proyecto original de Francisco de Asís acompañará a muchos, como una sombra, en el caminar histórico de la Fraternidad, siendo el motivo de los innumerables intentos de reforma que el Franciscanismo ha conocido a través del tiempo.
A mitad del siglo XIV, por reacción contra el «conventualismo» de la Orden, comenzaron a aparecer en Italia, España y Francia diferentes grupos de frailes que aspiraban a una vida más coherente con los orígenes franciscanos, deseosos de volver a una vida más acorde con los orígenes de la Fraternidad, especialmente en el retiro y la pobreza. Dentro de este ambiente de reforma nacieron los Capuchinos.
El motivo fue el mismo de siempre: un grupo de frailes, en este caso Mateo de Bascio, Pablo de Chioggia y los hermanos Ludovico y Rafael de Fossombrone, insatisfechos de la vida que se llevaba en la «Observancia», decidieron volver al eremitismo de los orígenes como una forma de cumplir literalmente la Regla.
Sin permiso previo de su Provincial, optaron por hacer efectiva su nueva forma de vida, lo que les ocasionó persecuciones y aventuras sin fin hasta que su amistad con Catalina Cibo, duquesa de Camerino y sobrina del Papa, hizo posible que el 3 de julio de 1528, por medio de la bula Religionis zelus, Clemente VII concediera existencia jurídica a la nueva Fraternidad. En realidad se trataba, simplemente, de poder llevar «vida eremítica», guardando la Regla de San Francisco, de usar la barba y el hábito con el capucho piramidal -de aquí el nombre de «Capuchinos»- y de predicar al pueblo.
La afluencia inmediata de gran número de observantes y algunos novicios planteó la necesidad de hacer unas Constituciones que definieran la incipiente reforma. Un año después se convocó el primer Capítulo para organizarse y redactar las Constituciones que, por hacerse en el eremitorio de Albacina, han pasado a la historia como Las Constituciones de Albacina, aunque en realidad llevaran el título de Constituciones de los hermanos llamados de vida eremítica.
La reforma Capuchina, de tanto rigor en sus formas, se mostraba en el fondo poco franciscana. Reforzada por el ingreso de grandes personalidades de la Observancia, se vio la necesidad de hacerla más equilibrada volviendo al genuino espíritu de Francisco. Para ello se convocó un nuevo Capítulo con el fin de discutir las nuevas Constituciones. Algunos de los iniciadores de la reforma no resistieron este cambio, creando verdaderos problemas, por lo que tuvieron que ser expulsados de la Orden. En 1536 se promulgaron las nuevas Constituciones, donde la mesura y el equilibrio entre la contemplación y la acción llegaron a tal punto que se que convirtieron, prácticamente, en la legislación definitiva de la Orden. Las posteriores renovaciones sólo introducirán detalles de forma que no afectan al contenido.
La celebración del Concilio de Trento (1545-1563) favoreció la consolidación de la reforma. Con la instauración de casas de estudio en vistas a la formación para el ministerio, unos conventos más espaciosos y una organización más disciplinada, los Capuchinos no sólo se afianzaron sino que lograron expandirse geográficamente.
Primero fue Francia, después Bélgica. En España resultó más difícil por la prevención existente en la Corte de Felipe II, al considerar que la nueva reforma de los Capuchinos no añadía nada a la ya existente en España y muy extendida reforma de los Descalzos y Alcantarinos. El primer intento parece que fue en 1570, aunque sin resultados positivos. Fue en 1578 cuando consiguieron establecerse en Barcelona. La Orden fue extendiéndose rápidamente hacia el Rosellón, luego hacia Valencia (1596) y, finalmente, Aragón (1598) y Navarra (1606). Castilla seguía cerrada a los Capuchinos, hasta que en 1609 lograron establecerse en Madrid, multiplicándose posteriormente por otros puntos de Castilla y Andalucía (1613).
Los capuchinos, por tanto, en su opción de volver a los orígenes, no hicieron más que seguir el ambiente de renovación y darle una forma concreta. «Volver a Francisco» era la consigna que latía en el fondo de la reforma; pues, como dice uno de los primeros cronistas: «Reformarse no es otra cosa que retornar a la forma original dada en los comienzos a nuestra Orden».


[Tomado de http://www.planalfa.es/confer/capuchinos/la%20orden.html ]


 

LOS ORÍGENES DE LA REFORMA CAPUCHINA (1525)
por José-Vicente Ciurana, o.f.m.cap.


La presente nota no pretende ser algo original ni exhaustivo. Intenta solamente poner de relieve algunos datos, recogidos de autores que se han dedicado a estudiar nuestro tema (Pobladura, Iriarte, Van Asseldonk, Campagnola), sobre la aparición de la reforma capuchina dentro de la familia franciscana y sobre la cristalización de sus inquietudes espirituales en su primer texto legislativo: las Constituciones de Albacina.
Para comprender mejor el nacimiento de la reforma capuchina, no se ha de perder de vista la eterna lucha en torno a la interpretación práctica del ideal franciscano. Dos tendencias, latentes siempre, van reflejándose de tarde en tarde en toda la historia franciscana, bajo diferentes denominaciones, pero traduciendo siempre el mismo conflicto. En el siglo XIII se llamaron Espirituales y Comunidad; en el XV, Observancia y Conventualismo; en el XVI, Estrecha Observancia y Regular Observancia.
Ambas concepciones reconocen como norma intangible de vida la Regla de san Francisco. Pero mientras los más radicales la interpretan a la luz de la vida del Fundador y de su Testamento, la otra tendencia se esfuerza por actualizarla conforme a las exigencias prácticas de la evolución de la Orden y de sus fines apostólicos. Siempre que aparece una reforma bajo el signo de la más pura observancia, no tarda en aparecer dentro de la Orden la misma doble tendencia y en repetirse los episodios de pugna entre Comunidad, representada por la prudencia humana y el espíritu de disciplina, y los Celantes, religiosos fervorosos e idealistas que esperan una voz de insubordinación legal para hacer valer su derecho a observar la Regla a la letra.
El fenómeno concreto a que nos referimos se produjo en el seno de la Observancia a comienzos del siglo XVI con incontenible efervescencia. El remedio hubiera podido hallarse en el fomento inteligente de las casas de recolección, con una mayor comprensión hacia los religiosos descontentos. Pero esta comprensión falló, sobre todo en Italia. Abundaban los religiosos y superiores deseosos de mayor observancia, pero se desconfiaba de las iniciativas privadas, ya que en la práctica existían religiosos que, con el pretexto de mayor perfección, se separaban de la observancia y llevaban una vida de vagabundos.
Lo que ocurrió en la floreciente Provincia italiana de Las Marcas, podía haber ocurrido en otra cualquiera. El Ministro provincial de la misma, Juan de Fano, ansioso como el que más de una renovación, esperaba que ella viniera desde arriba, de los superiores y de los Capítulos; repugnaba a su índole noble y distinguida toda actitud que se desviase de la legalidad. La experiencia le demostrará que tales reformas, llegan tarde y sin eficacia.


I. LOS INICIADORES DE LA ESCISIÓN


Mateo de Bascio, joven sacerdote de escasa cultura y temple de predicador popular, pertenecía al grupo de los que en la Provincia de Las Marcas reclamaban la libertad de observar la Regla a la letra. Había entrado en la Observancia hacia 1510, en el convento de Montefalcone. A finales de 1522 y principios de 1523, se declaró una epidemia de peste en el ducado de Camerino, y Mateo, con el permiso de sus superiores, se dedicó a atender a los apestados. Su acción caritativa le valió la amistad de los duques de Camerino, Juan Bautista Varano y Catalina Cibo, sobre todo, de esta última, que será considerada como la madre de los capuchinos en sus comienzos, haciendo valer su condición de sobrina del papa Clemente VII.
En 1525 Mateo tuvo una visión en la que el mismo san Francisco le confirmó en sus propósitos y actitud. Enterado luego de que el hábito que a la sazón usaban los frailes no era el mismo que había usado san Francisco, ya que éste era mucho más áspero y con un capucho puntiagudo cosido a la túnica, lo adoptó sin más y se entregó a la práctica literal de la Regla. Viendo que no podía contar con la aprobación del superior ni con la benevolencia de sus hermanos de comunidad, decidió procurarse la aprobación del papa; y una noche salió secretamente de su convento de Montefalcone y se encaminó a Roma.
Obtuvo con facilidad de Clemente VII el permiso de viva voz, vivae vocis oraculo, para observar la Regla según sus deseos, vestir el hábito que llevaba puesto y andar predicando de una parte para otra, con la única obligación de presentarse todos los años, durante el Capítulo, a su superior provincial. Luego, comenzó a anunciar la palabra de Dios con gran fervor por el ducado de Urbino, teniendo buen cuidado de no aproximarse a los conventos de los Observantes, para no ser apresado por los suyos.
A finales de abril se celebraba el Capítulo provincial en Jesi, y allí se presentó Mateo conforme al mandato del papa. Como era natural, el Provincial, Juan de Fano, lo hizo encarcelar, como fugitivo y vagabundo, en el convento de Forano. Mateo de Bascio, en efecto, no poseía documento alguno escrito de la autorización pontificia ni se había preocupado de procurárselo.
Unos tres meses llevaba en su reclusión, cuando la noticia de lo ocurrido le llegó a Catalina Cibo, que veneraba a Mateo desde que había ejercitado la caridad durante la peste. Inmediatamente exigió de Juan de Fano que en el plazo de tres días pusiera en libertad al preso. El Provincial tuvo que doblegarse, y Mateo de Bascio reanudó su vida de predicador ambulante.
A finales de 1525 acudían al mismo Provincial los hermanos carnales Ludovico y Rafael de Fossombrone, pidiendo permiso para retirarse a un eremitorio con otros compañeros, a fin de observar la Regla en toda su pureza. Juan de Fano se lo negó. Entonces ellos huyeron y se refugiaron entre los conventuales de Cingoli.
En noviembre de 1525 llegaba a la Provincia de Las Marcas, en visita pastoral, el Ministro general de los Observantes, Francisco de los Angeles Quiñones. Enterado de estos acontecimientos, excomulgó a los fugitivos. El Provincial, Juan de Fano, previendo lo que aquel hecho podía significar para la unidad de la Provincia, obtuvo de Clemente VII el breve Cum nuper, de 8 de marzo de 1526, en el que se declaraba a Mateo de Bascio y a los dos hermanos, apóstatas de la Religión, con la facultad de poder encerrarlos. En consecuencia, se dirigió a Cingoli con un grupo de frailes para apresarlos; pero Ludovico y Rafael huyeron a los montes, y sólo su astucia pudo librarles de caer en manos de sus perseguidores.
Decidieron entonces pedir alojamiento en el eremitorio de los camaldulenses de Massaccio. Allí acudió Juan de Fano con los suyos, acompañado de fuerza armada; pero los fugitivos se escaparon por segunda vez, disfrazados de camaldulenses, a otro monasterio. Cuando el Provincial finalmente les dio alcance, los dos hermanos habían solicitado ya formalmente su incorporación a la Camáldula. Los monjes rehusaron esta petición, por no indisponerse con los Observantes; pero, de momento, el asilo les valió a Ludovico y Rafael.
Ambos fueron después en busca de Mateo de Bascio para acogerse con él a la autorización pontificia; pero Mateo les hizo observar que ésta era exclusivamente personal; de ahí que optaran por dirigirse a Roma. El 18 de mayo de 1526 obtenían el breve Ex parte vestra, extendido por el Penitenciario mayor, que les autorizaba para separarse de la comunidad, juntamente con Mateo de Bascio, y para vivir en un eremitorio observando la Regla. Con todo, debían pedir antes el consentimiento de su Provincial; si se lo negaba, podían hacer uso de la concesión del breve, aunque sin dejar de ser miembros de la Observancia ni cambiar el hábito. El permiso era también esta vez exclusivamente personal.
Juan de Fano, apoyado por el Ministro general Quiñones, obtuvo por su parte la renovación del breve. Entre tanto, a los tres se les había unido Pablo de Chiogga, observante que se había secularizado para atender a su madre; también éste obtuvo permiso personal de Roma.
Los cuatro se reunieron en Fossombrone, refugiándose bajo la protección de la duquesa de Camerino contra la obstinada persecución de Juan de Fano. Éste intentó el camino de la persuasión, y, en presencia de los duques de Camerino, tuvo lugar una discusión en la que los fugitivos presentaron todas sus querellas contra la comunidad.
Ante la imposibilidad de someterlos por la fuerza o de atraerlos mediante la persuasión, el Provincial Juan de Fano se esforzó entonces por evitar al menos otras deserciones. En junio de 1527 publicó su Dialogo della salute, replicando a los descontentos. El autor del Dialogo se plantea el problema de la observancia integral de la Regla según la «intención» de san Francisco. Juan de Fano representa, como Provincial de Las Marcas, la postura oficial de la Orden frente a los movimientos reformistas que habían surgido en su seno. Para él, el ideal de la Orden franciscana no existe fuera de la observancia de la Regla según las declaraciones pontificias; no hay que apelar al espíritu o a la intención de san Francisco. Esto no se da fuera de la Observancia oficial, tal como había sido estructurada por san Bernardino de Siena, san Juan de Capistrano y el Ministro general Francisco de los Ángeles Quiñones. Los reformadores apelaban al Testamento de san Francisco; pero éste, según las declaraciones pontificias, no tiene valor jurídico. Los grupos de reforma, siguiendo las sendas de los Espirituales, tienden a una ficción injustificable y peligrosa, a una utopía. Solamente donde está la Observancia, todo es seguro y bueno; mientras toda disidencia viene del maligno. Posteriormente, Juan de Fano, siendo sincero consigo mismo en su afán de reforma, dio la razón a sus perseguidos, pasándose a los capuchinos. Esta decisión motivó el que hiciera una nueva redacción de su Dialogo entre 1535 y 1536. Esta segunda redacción de su obra es importante por ser la primera exposición de la Regla surgida de entre los capuchinos y por la defensa que hace en favor de la propia razón de ser de los mismos dentro de la familia franciscana.
Mientras tanto y a pesar de las dificultades, los cuatro reformados cobraban gran aprecio entre los habitantes de Camerino en la nueva peste que entonces se cebó en la ciudad durante el verano de 1527.


II. LA BULA «RELIGIONIS ZELUS» (1528)


La situación de los reformados, jurídicamente considerada, era, cuando menos, expuesta; separados de la comunidad, no tenían entre sí ningún lazo de sociedad canónica, ni organización alguna reconocida. Había que dar el paso definitivo.
La ayuda incondicional y decisiva vino, también esta vez, de Catalina Cibo, la cual se dirigió a su tío el papa Clemente VII, cuando éste se encontraba en Orvieto, fugitivo del sacco de Roma, y le presentó una súplica de Ludovico y de Rafael de Fossombrone. Después de maduro examen, el 3 de julio de 1528, el papa expedía la bula Religionis zelus, que daba existencia jurídica a la nueva fraternidad. La Orden capuchina estaba fundada. La duquesa hizo publicar inmediatamente el documento en la plaza pública de Camerino y en todas las iglesias del ducado.
La bula iba dirigida a Ludovico y a Rafael, y contenía los puntos siguientes: facultad de llevar una vida eremítica guardando la Regla de san Francisco; usar barba y el hábito con capucho piramidal, y predicar al pueblo; los reformados quedaban bajo la protección de los superiores Conventuales, pero bajo el gobierno directo de un superior propio con autoridad parecida a la de los Ministros provinciales; se les autorizaba a recibir novicios, tanto clérigos como laicos.


III. LAS CONSTITUCIONES DE ALBACINA (1529)


La bula Religionis zelus tuvo como efecto inmediato el que gran número de Observantes y algunos novicios fueran a unirse con los recién constituidos capuchinos. Hubo que multiplicar los eremitorios y pensar en una organización más estudiada. En un principio se consideró a Mateo de Bascio como el padre de la reforma; pero el verdadero jefe, de hecho y de derecho, en virtud de la bula de aprobación, fue Ludovico.
En abril de 1529, Ludovico convocó el primer Capítulo, integrado por doce religiosos, con el fin de elegir superiores y redactar unas constituciones. Se celebró en el eremitorio de Albacina (Ancona), y de ahí que las normas allí redactadas se conozcan con el nombre de Constituciones de Albacina.
En cuanto se refiere al ideal que Francisco quería para su Orden, los primeros capuchinos se pronuncian desde sus comienzos por una observancia lo más perfecta posible de todo lo que el Santo quería y deseaba para su Orden. Esta aspiración hacia el ideal integral de Francisco, que los caracteriza como Orden comunitaria, significa de hecho un intento serio de responder lo más fielmente posible a su «plan» sobre la Orden, como se afirma frecuentemente en las fuentes. Los primeros capuchinos buscan esta intención de Francisco, no sólo en la Regla bulada de 1223, sino también en el ejemplo de su vida misma y en la doctrina que contienen sus otros escritos, especialmente el Testamento.
Las Constituciones de Albacina no hablan explícitamente de ello, pero todo su contenido muestra, de hecho, que ellos lo pretendían. Prueba de esto es la llamada al ejemplo de Francisco y a su doctrina contenida fuera de la Regla. Su Testamento es citado explícitamente varias veces; la prescripción de celebrar a diario una sola misa en cada fraternidad, se inspira en la Carta a toda la Orden (vv. 30-33). Otro buen número de prescripciones responde precisamente a la doctrina y a la vida del Santo, que no se encuentran en la Regla de 1223. El contenido de tales prescripciones tiene su fuente inmediata en los estatutos particulares de otros grupos de reforma existentes en aquel entonces dentro de la Observancia. En las primeras Constituciones capuchinas hay determinaciones que están tomadas de las normas escritas por los reformadores españoles Juan de la Puebla y Juan de Guadalupe, para la Custodia de los Angeles y para la Provincia de San Gabriel respectivamente. También hay semejanzas con las normas que el Ministro general de la Observancia, Francisco de los Angeles Quiñones, había promulgado para las casas de recolección. En cuanto a influencias de fuera del ámbito franciscano, más externas que internas, son reconocibles las que provienen de la legislación de los Camaldulenses, cosa fácil de explicar dada la permanencia de Ludovico de Fossombrone entre dichos monjes.
Los 67 párrafos de que consta el primer texto legislativo de los capuchinos pueden reducirse fácilmente a cuatro grandes capítulos: pobreza y vida austera; oración y vida contemplativa; ceremonias litúrgicas y disciplina regular; soledad y vida eremítica. En cuanto al orden en que se suceden los temas, el texto de Albacina no es precisamente un modelo, ya que los asuntos están entremezclados.
Respecto a la orientación de la nueva reforma, es indicativo ya el título: Constituciones de los Hermanos Menores llamados de la vida eremítica. El eremitismo y la contemplación es algo que recorre todos los párrafos del texto. Es querer hacer hincapié en un valor fundamental del franciscanismo primitivo; pero, hay que reconocerlo también, quizás se hayan cargado demasiado las tintas. Es la tentación de la vida eremítica, siempre latente en la historia franciscana, que acaba siempre superada por una vida mixta de contemplación y de acción.
El desorden interno de las Constituciones puede explicarse también por la intención primordial de los legisladores. Estos pretenden, más que redactar un texto legislativo completo, salir al paso de los abusos que ellos han vivido dentro de la Observancia. De hecho, la primera generación capuchina, formada en su mayoría por religiosos provenientes de la Observancia, mantenían cierto espíritu de cuerpo con los Observantes y no perdieron la conciencia de que su intento había sido reformar la Observancia. La generación siguiente, en cambio, formada por capuchinos que no habían sido antes Observantes, tendió a considerar la nueva reforma como una rama distinta del árbol franciscano.
Las Constituciones de Albacina, sin embargo, tuvieron una vida corta. En 1536 se promulgaron otras nuevas. Estas últimas constituirán la legislación definitiva de la Orden capuchina y el punto de mira de las revisiones posteriores de la legislación. Se vio claramente que había que superar las imperfecciones y parcialidades del primitivo texto legal. Con todo, éste había dado ya a la naciente reforma la unidad fundamental que precisaba. Es cierto que las Constituciones de Albacina no eran un cuerpo orgánico de leyes apropiado para encauzar la vida de una institución, y que había que superarlas. Pero su importancia estriba en que en ellas podemos rastrear las directrices carismáticas de fondo del primitivo grupo capuchino, para una interpretación vital nueva de la Regla de san Francisco. Hoy las debemos leer con perspectiva crítica, pero no podemos considerarnos ante ellas como extraños. Esto último lo digo para los capuchinos.


[J. V. Ciurana, OFMCap, Nota sobre los orígenes de la reforma capuchina (1525) y las Constituciones de Albacina (1529), en Selecciones de Franciscanismo, vol. VII, n. 20 (1978) 243-249]



LOS PRIMEROS CAPUCHINOS
Y LA OBSERVANCIA DE LA REGLA FRANCISCANA

por Fidel Elizondo, o.f.m.cap.


[El P. Elizondo ha publicado numerosos y amplios estudios sobre la Regla franciscana y sobre las Constituciones de los capuchinos y otros temas afines. Aquí ofrecemos la última parte de uno de sus escritos, publicado en Estudios Franciscanos 80 (1979) 1-42]
No queremos terminar nuestro estudio en torno a la mentalidad de los primeros capuchinos sobre la observancia de la Regla sin hacer algunas reflexiones que juzgamos de interés.


1. ORIGINALIDAD DE LA FORMA DE VIDA CAPUCHINA


Si se leen las fuentes narrativas del siglo XVI, fácilmente se puede llegar a una conclusión que no responde a la realidad: la originalidad de la forma de vida capuchina.
Es verdad que los nuevos religiosos insisten en ciertos aspectos un tanto olvidados y a veces voluntariamente silenciados: forma del hábito, cumplimiento del Testamento del seráfico Padre, pobreza franciscana llevada a sus últimas consecuencias, pronunciada austeridad de vida, ardientes deseos de contemplación y alejamiento del mundo...
Pero todo ello se encuentra ya a través de los siglos en la propia familia minorítica, no en su conjunto, sino en cenáculos de hermanos, ansiosos por vivir íntegramente el espíritu franciscano. Los movimientos de reforma son una constante nunca extinguida en la trayectoria ideal y práctica de la Fraternidad.
La Orden capuchina es otra reforma surgida en el seno de la Orden; una de las más florecientes, si se quiere; pero siempre dentro de la misma y enriquecida con su caudal cristiano y religioso. De ahí, la importancia de establecer científicamente las relaciones verdaderas, no fantásticas, entre la espiritualidad y normas prácticas de las primeras generaciones capuchinas y las existentes en otros focos de reforma franciscana.
Desgraciadamente son escasos los esfuerzos realizados en la empresa. Se formulan algunos principios generales sobre el tema; se aducen algunos ejemplos; pero nada más. Falta el estudio minucioso y comparativo, que nos ofrezca datos ciertos y esclarecedores. Tal vez este planteamiento no agrade a ciertos ambientes de tendencia magnificadora, por estimar que se empobrecería la supuesta originalidad de la vida capuchina. No lo creemos. Se pondría cada cosa en el lugar que le corresponde, lo cual siempre es deseable, y, a la vez, se comprobaría la absorción de las más auténticas esencias espirituales franciscanas por parte de la familia capuchina. Tal vez, algunos detalles podrán tener origen en casa extraña: serán pocos y de escasa importancia, nunca y en nada, determinantes. También la mentalidad del siglo en que se vive en torno a la concepción del hombre, del cristiano y del religioso deberá tenerse en cuenta, pues siempre influye en toda institución eclesiástica y civil. Pero las verdaderas y profundas fuentes de la vida ideada por la reforma capuchina hay que buscarlas principalmente en la Orden franciscana.


2. EQUILIBRIO CONTEMPLACIÓN-ACCIÓN


No fue fácil a los capuchinos el establecerlo. Como tampoco a otras reformas franciscanas. Las crónicas del siglo XVI presentan frecuentemente ejemplos de religiosos entregados a la contemplación y al servicio de los demás. Es normal que, en el laudable afán de vivir íntegramente la vida minorítica, los primeros capuchinos acentúen el aspecto que más fácilmente olvida la naturaleza humana: la oración; mejor, la contemplación. Por el esfuerzo, por el trabajo y por la dificultad que entraña. Ni siquiera hay que acudir, para explicarlo, a la mentalidad de los cenáculos de oración en el siglo XVI. Basta recordar la historia de las reformas franciscanas en los siglos XIV-XV, y los cauces nos conducen a las mismas fuentes: al seráfico Padre y su encarnación profunda del binomio contemplación-acción, alejamiento-presencia entre los hombres; binomio de difícil desarrollo en una agrupación numerosa de personas. Los legisladores de 1536 intentan realizarlo; pero los de 1552, por algunas correcciones hechas al respecto, patentizan su no consecución total.
Pero el ejemplo ahí está. Y muy actual. La concepción activa de la vida, el desasosiego por el trabajo cotidiano, el continuo movimiento sin espacios convenientes de conversación pacífica y tranquila con Dios, tendrán de todo menos de franciscano o capuchino. ¿Es la mentalidad moderna? ¿Es el discurrir de la sociedad agobiada? Poco valen los argumentos para quien se mueve por otros principios y quiere encarnarlos hoy. También existe afán de dinero; también, ansias de comodidad. Y el capuchino se empeña en derivar hacia otros derroteros.


3. POBREZA Y AUSTERIDAD DE VIDA


Otro de los elementos que hace impacto entre los hombres del siglo XVI es la estampa del capuchino rabiosamente pobre y chillonamente austera: en los conventos, en las iglesias, en los vestidos, en los alimentos y en el ajuar. Científicamente está demostrado que los nuevos religiosos sólo desean vivir íntegramente la Regla seráfica. Igualmente hay que afirmar que en no pocas ocasiones el ferviente anhelo se cristaliza en ciertas exageraciones, como norma de vida permanente.
Pero de nuevo surge el problema actual. ¿La acomodación moderna de la Orden sigue la pista trazada por las primeras generaciones capuchinas? Con mentalidad distinta, con diversidad de entorno, con discrepancia de enfoque; ¿pero con el mismo sincero deseo de practicar de hecho hoy y a nuestro modo la pobreza-austeridad con todas sus consecuencias, en edificios, vestidos, alimentos, uso del dinero y necesarias limitaciones? Si se prefiere, diversas de las vividas por los capuchinos en el siglo XVI; ¿pero reales, no teóricas, en el siglo XX?

4. OBSERVANCIA Y APRECIO DE LA REGLA


Si consultamos las fuentes diplomáticas, legislativas y narrativas del primer siglo de la Orden, un ideal emerge por doquier, foguea el espíritu capuchino y encuadra la actuación de los hermanos: el íntimo, ininterrumpido y anhelante deseo de observar escrupulosamente la Regla y las intenciones del seráfico Padre. ¿Razones? ¿Se deberá a que para el Fundador la norma de vida por él trazada es "la medula del evangelio, el libro de la vida, la esperanza de la salvación y el pacto de la eterna alianza"? ¿Acrecentarán la estima de los religiosos las exhortaciones del Santo para que sus hijos la observen sin glosa y a la letra? ¿Influirá, tal vez, la creencia de que ha sido inspirada directamente por Dios, hasta el punto de considerarla más como obra divina que humana?
Puede opinarse cuanto se quiera; pero la conclusión siempre permanece idéntica; el único motivo fundamental del origen de la Orden capuchina es el cumplimiento visceral de la Regla, que conduce a los religiosos a apreciarla, estudiarla, llevarla consigo, leerla con frecuencia, conversar y meditar sobre ella. Y, como consecuencia, a plasmarla en la práctica, sin mitigación alguna.
La reflexión incluye un problema de hondura. Estudiados científicamente muchos aspectos de la reforma capuchina, reconocidos los íntimos deseos de observar integralmente la Regla y comprobados ciertos extremos de exageraciones concretas, perfectamente comprensibles por la mentalidad del siglo XVI y las lecturas que alimentan la espiritualidad de los primeros reformadores, cabe preguntar: ¿a qué debemos atenernos hoy: a las intenciones por ellos alimentadas, o también, al modo práctico de encarnarlas? En otras palabras: ¿basta al capuchino ser auténticamente franciscano o ha de buscar y mantener sus peculiaridades propias?
Muchas distinciones podrían formularse para responder cumplidamente al problema planteado. Pero estimamos que la realidad no puede apartarse mucho de las siguientes conclusiones: ante todo, se debe mirar las intenciones de los fundadores, y, por lo tanto, la Regla franciscana debe ser para los capuchinos la norma fundamental peculiar de vida religiosa. Las pretendidas exageraciones en cumplirla, las concreciones a la vida práctica ideadas por las primeras generaciones, en parte influenciadas por la espiritualidad cristiana y religiosa de aquella época, son elementos secundarios, sujetos a necesarios o convenientes cambios; pero ellos han formado un ambiente de familia que, nosotros, sin más, no podemos abandonar. Con todo, lo verdaderamente importante para el capuchino de ayer y de hoy es el esfuerzo denodado en observar, no de palabra y en teoría, sino de hecho y en verdad el espíritu y la sustancia de la norma de vida minorítica.
Los capuchinos, a través de los siglos y con las limitaciones propias de la naturaleza humana, han pretendido encarnarlos, acomodando su cotidiana existencia a los postulados fundamentales de la Regla. Y justo es afirmarlo, la Orden, por haber seguido la trayectoria trazada por ésta en torno a la pobreza, a la humilde y sencilla minoridad, a la exquisita caridad para con los necesitados e indigentes, al íntimo recogimiento con el Señor, ha dejado una huella no despreciable de su vivir y actuar en la Iglesia: el capuchino era algo especial para los fieles sencillos, para el verdadero pueblo de Dios.
En nuestro sincero deseo actual de renovación, tal vez hayamos olvidado en demasía nuestro peculiar sentido franciscano de la vida y la concretización básica y exigente de la Regla. Sin reflexionarlo suficientemente, queremos asemejarnos, quizás en demasía, a los sacerdotes diocesanos y a otros religiosos, haciendo un conglomerado no siempre fácil de digerir. Y, sin pretenderlo, surge una pregunta humilde y sencilla: ¿hoy, la Orden capuchina proyecta luz peculiar de vida y actuación entre los fieles?


[F. Elizondo, OFMCap, Los primeros capuchinos y la observancia de la Regla franciscana, en Selecciones de Franciscanismo, vol. VIII, n. 23 (1979) 297-300]



FISONOMÍA ESPIRITUAL DE LOS CAPUCHINOS
por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.


Cuando los capuchinos se establecieron en Barcelona, 1578, la pujante reforma se hallaba en lo que podríamos llamar la tercera fase de su evolución. Dejada atrás la etapa de la reacción primera contra la institución, con su tanto de espíritu de rebelión y de fondo polémico, superada la crisis sobrevenida con la apostasía de Bernardino Ochino, la Orden se había situado en el pueblo de Dios con una conciencia segura de su personalidad espiritual y de su misión en la Iglesia. El Concilio de Trento había visto en su última época al vicario general de los capuchinos sentado entre los demás superiores generales de las Órdenes religiosas, pero había contribuido a impulsar la vida y la acción de la reforma hacia una mayor institucionalización, especialmente por lo que hace a los estudios y a los medios de apostolado. La estadística dada a conocer en el capítulo general de 1578 enumeraba 21 provincias, todas en Italia, 325 casas y 3.746 religiosos.
Las 21 provincias eran italianas; ese mismo capítulo de 1578 instituyó los dos comisariatos de Francia, que agrupaban los conventos fundados desde 1574, en que llegaron a París los primeros capuchinos. Italianos fueron los que configuraron el espíritu y la vida de observancia de la primera generación francesa. Los capuchinos españoles, iniciadores de la reforma en Cataluña, se habían formado en Italia. El sello italiano, muy marcado en lo que se refiere a la fisonomía interna, tuvo gran parte en el estilo de las comunidades que se fueron extendiendo por España, si bien poco a poco, como pasó en las provincias del otro lado de los Alpes, la índole nacional se fue abriendo paso, creando no pocos conflictos, que aparecerían en la visita de los ministros generales, empeñados en ver relajación en todo lo que pudiera contrastar con el modo de vivir italiano. Aun la severidad empleada por san Lorenzo de Brindis en su recorrido por los conventos de España se explica en gran parte por esa concepción cismontana.
La fuente fundamental para conocer la espiritualidad de los capuchinos en el primer siglo de su historia son las Constituciones, que constituyen no sólo el código legislativo fundamental, sino sobre todo el auténtico proyecto de vida, con la formulación precisa del ideal intensamente vivido. Un primer esbozo de Constituciones se hizo en el capítulo tenido en el eremitorio de Albacina en 1529, todavía en un clima de contestación; su título original e íntegro es «Constituciones de los Hermanos Menores llamados de la vida eremítica». Más tarde, en el capítulo de 1535, cuando el movimiento se veía consolidado y consciente de sí, se hizo una reflexión a fondo sobre la intensidad de la nueva reforma, bajo la dirección de Bernardino de Asti, hombre de gran cultura teológica y franciscana, hecho al manejo directo de los escritos de san Francisco y de las antiguas fuentes, profundamente compenetrado con el espíritu de san Francisco, clarividente y, lo que más importa, él mismo alma de oración y de auténtica experiencia espiritual.
Él fue quien preparó el texto de las Constituciones promulgadas al año siguiente, 1536, que son las que, en cuanto al texto fundamental, han regido la Orden hasta el capítulo de renovación de 1968. Bernardino de Asti concibió la ley básica de la reforma como un programa de vida, en el cual las motivaciones evangélicas y franciscanas ocupan el lugar primario; las prescripciones aparecen como aplicaciones concretas del ideal, casi desapercibidas. En ulteriores revisiones de esas Constituciones irían apareciendo nuevos elementos jurídicos y penales, a veces en contradicción con las motivaciones espirituales, que se dejaban intactas. Un ejemplo del estilo de legislar adoptado en 1536 lo tenemos en el capítulo séptimo, cuando se habla de las medidas coercitivas con los hermanos culpables. Preceden cuarenta líneas sobre la comprensión y misericordia con que debe ser tratado el pecador, según las enseñanzas de Jesús y de san Francisco; y al final todo termina con esta norma: «Mandamos que en nuestras cuestiones internas y, sobre todo, en la corrección y castigo de los hermanos, no se observe la sutileza de la ley ni se apliquen las marañas judiciarias» (n. 95s). No pensaba Bernardino de Asti que, andando el tiempo, sin modificar esas preciosas motivaciones de hondura evangélica, el capítulo general llegaría a promulgar un Modus procedendi, verdadero código penal adicional; esto sucedería en 1593.
Además de las Constituciones, tenemos las relaciones y crónicas editadas en Monumenta Historica y las circulares de los ministros generales.



LA «REFORMA» CAPUCHINA Y SUS FUENTES DE INSPIRACIÓN


Cuando se leen las primeras constituciones y los relatos de los cronistas del siglo XVI, una de las cosas que llaman la atención es la insistencia con que se habla de reforma, más aún, de la verdadera reforma que tantos buenos religiosos de la Observancia estaban esperando. Esta insistencia, que llevaba como peligro inevitable lanzar contra la institución, de la que se habían desligado, la tacha de «relajación», originaría más tarde una seria querella por parte de los agraviados, en especial al aparecer el primer tomo de los Anales de Baronio. Todo movimiento reformista tiende siempre a buscar una justificación en esa acusación a la situación precedente. Es difícil afirmar valores con la opción vital de un ideal, como lo hizo san Francisco, sin incurrir en actitudes anti.
El movimiento que se dio en 1525 con Mateo de Bascio no era aislado, ni mucho menos. Había en toda la Orden franciscana una fuerte efervescencia que reclamaba urgentemente cauces legítimos de renovación con un retorno sincero a san Francisco. A la inquietud creciente en Italia había precedido en España la reforma de los guadalupenses, con su anhelo de austeridad y retiro, y el movimiento de las casas de recolección, grandemente apoyado por Francisco de los Angeles Quiñones, ministro general desde 1523.
He dicho que el sello de italianidad aparece patente en la reforma capuchina. Pero debo decir también que la primera inspiración llegó más bien de España. Un cotejo de las Constituciones de Albacina con el Modo de vivir dado por Quiñones, en 1523, para las casas de retiro de Castilla, en 1524 para las de Portugal y en 1526 para las de Italia, pone de manifiesto que lo tuvieron a la vista los capitulares que en 1529 se dieron a sí mismos el nombre de «hermanos menores de la vida eremítica», pero acentuando notablemente el rigor en la austeridad y en la práctica de la pobreza.
Volver a san Francisco fue la consigna desde un principio: «Reformarse no es otra cosa que retornar a la forma original dada en los comienzos a nuestra santa Religión», dice Bernardino de Colpetrazzo. Y el símbolo de este retorno fue recobrar la forma del hábito usado por el santo Fundador, según aparece en las más antiguas pinturas y en los hábitos conservados como reliquias. En concreto fue el capucho cónico lo que distinguió a los agrupados en la nueva reforma y se convirtió en denominación popular. Los valores de forma en aquella época eran de orden primario; no hemos de extrañarnos de que la cuestión del verdadero hábito de san Francisco originara polémicas no siempre pacíficas.
Pero en la base había una voluntad sincera de conformarse en todo a san Francisco, como él se conformó en todo a Cristo. Lo expresaban en estos términos las Constituciones de 1536: «Puesto que en tanto somos hijos del seráfico Padre en cuanto imitamos su vida y doctrina, por lo cual nuestro Salvador dijo a los hebreos: "Si sois hijos de Abraham haced las obras de Abraham"; así, si somos hijos de san Francisco, debemos hacer las obras de san Francisco: por esto se ordena que cada cual se esfuerce por imitar a este nuestro Padre, dado a nosotros como regla, norma y ejemplo, más aún, hemos de imitar en él a nuestro Señor Jesucristo, no sólo tomando en cuenta la Regla y el Testamento, sino todas sus encendidas palabras y sus obras llenas de caridad. Por lo cual deben leerse con frecuencia su vida y las de sus compañeros» (n. 6).
«Dado a nosotros como regla, norma y ejemplo». Francisco siguió siendo siempre, aún después de su muerte, la Regla viva, sobre todo para los celadores de la fidelidad a la Regla escrita. Mientras que la orientación oficial de la Orden, apoyada en la posición jurídica de los doctos, fue aferrándose cada vez más a la letra, leída a la luz de las declaraciones pontificias, el sector «espiritual» tuvo como punto de referencia la vida y la «intención» de san Francisco.
Esa intención se esforzaba por descubrirla Bernardino de Asti, redactor de las Constituciones, no sólo en la letra de la Regla y del Testamento, sino en las encendidas palabras y en el ejemplo del Fundador, y secundariamente en las fuentes biográficas antiguas.
Por desgracia no todos estaban capacitados para establecer esa escala preferencial, quizá porque el acceso a los escritos personales de san Francisco -cartas, admoniciones, Regla no bulada- no era fácil a la mayoría de los religiosos. En realidad, poco a poco los responsables de la formación de los jóvenes capuchinos fueron dando más importancia al Espejo de Perfección y al Libro de las Conformidades, que ofrecían una imagen deformada del Fundador y de los orígenes de la Orden. Las constituciones de 1536 decían ya a este propósito: «Para conocer mejor y al detalle la mente de nuestro seráfico Padre, léanse sus Florecillas, las Conformidades y los otros libros que hablan de él» (n. 142).
Interesante: ese criterio de leer las Conformidades como fuente del genuino espíritu franciscano se mantuvo hasta la revisión de 1968.
Al enlazar con los «espirituales» del primer siglo franciscano, los capuchinos cayeron en el literalismo por lo que hace a la Regla. Mateo de Bascio habría escuchado en la oración las mismas palabras que, según la leyenda recogida por el Espejo de Perfección (n. 1), dijo Cristo a san Francisco ante los ministros: «Quiero que esta Regla sea observada a la letra, a la letra, a la letra». Y lo mismo que en los tiempos de Ángel Clareno, no dejó de producir cierto fanatismo, que se refleja en las relaciones de los cronistas.
Con todo, no faltan testimonios de una pedagogía sana en la fidelidad al espíritu y al contenido evangélico de la Regla más bien que a la letra material. Bernardino de Asti consideraba la sana interpretación de la Regla como un don del Espíritu del Señor a los que la observan con sencillez. Mateo de Schio (+1550) solía decir: «Ahora yo comprendo la Regla porque la observo... La Regla no consiste en practicar observancias; sino que el que está enamorado de Dios e iluminado por el Espíritu Santo puede guardar la Regla de san Francisco, ya que ésta se resume en un verdadero desapropio de sí mismo y en el verdadero amor de Dios. La Regla es espiritual y debe ser observada por el espíritu y para el espíritu». Y Bernardo de Offida ( c. 1558): «La Regla es toda espíritu y no se la puede entender sino es por espíritu y observancia...».
Las Constituciones de 1536 (n. 5) contienen un ardoroso compromiso de fidelidad a la Regla, que debe ser observada «sencillamente, a la letra y sin glosa»; se renuncia por ello a toda exposición «carnal, inútil, dañosa y relajatoria», pero se aceptan las declaraciones pontificias; el comentario vivo, sin embargo, ha de ser «la santísima vida, doctrina y ejemplo del Padre san Francisco». El Testamento viene presentado como «glosa y exposición espiritual de la Regla» (n. 6).
A los maestros de novicios inculcaban las mismas Constituciones que no se contentaran con enseñarles observancias y ceremonias, sino sobre todo las cosas del espíritu, «necesarias para imitar perfectamente a Cristo, nuestra luz, camino, verdad y vida», mostrándoles, con el ejemplo y con la palabra, «en qué consiste la vida del cristiano y del hermano menor» (n. 17).


PRIMACÍA DE LA CONTEMPLACIÓN


En la vida de san Francisco y en los orígenes de su Orden, la vida de oración contemplativa ocupa un puesto primario. Una vuelta sincera al Fundador no puede menos de hacer resaltar los valores de la intimidad con Dios, del retiro y de la soledad. Todas las reformas franciscanas, a partir de los observantes del siglo XIV, acentuaron este elemento, incluso exagerándolo en una opción marcadamente eremítica en la primera generación. La época en que aparecen los capuchinos señala el punto culminante de la marcha hacia la contemplación personal.
Los capuchinos se pronunciaron desde el principio por un rechazo neto de todo aparato externo en las celebraciones comunitarias y contra la multiplicidad de «oficios de gracia» y de rezos vocales. El oficio divino debía recitarse en tono recto, sin modulaciones. La misma nota de austeridad y de recolección regía en la celebración de la Misa, pero supieron valorar el sentido comunitario del culto divino, en especial de la Misa. San Francisco había mandado, en la carta a toda la Orden, que en cada lugar no se celebrase más que una sola Misa, aun cuando hubiera varios sacerdotes; y esto, para evitar que la fraternidad se disgregara en el momento más intenso de la unión entre los hermanos.
Todo se subordinaba a la oración mental. Los maestros de la nueva reforma, Bernardino de Asti, Juan de Fano, Eusebio de Ancona, la consideraban como el fin de la Regla y aun de la vida religiosa en general; y se fundaban en la cláusula del mismo san Francisco en la Regla: «Lo que más importa es orar siempre a Dios con corazón puro y mente limpia». De ahí el papel que concedían a la pobreza como la gran liberadora de los impedimentos para la oración.
Para facilitar la espontaneidad y el sosiego de la contemplación solitaria, estaba mandado que hubiera algunas celdas en el bosque próximo al convento, donde por tiempos los hermanos atraídos por la soledad pudieran llevar «vida eremítica» sin ser molestados (Albac. 42). No sólo las ocupaciones manuales y los rezos mecánicos podían ser causa de aminorar la afición a la oración contemplativa, sino aun el ministerio de la predicación. Por eso las Constituciones de 1536 ordenaban que los predicadores, «cuando por el trato con seglares sintieran disminuir en ellos el espíritu, volvieran a la soledad, y en ella estuvieran hasta tanto que, llenos otra vez de Dios, los impulsara a diseminar las gracias divinas por el mundo...» (n. 114).


POBREZA EVANGÉLICA, LA GRAN LIBERADORA


Una vuelta sincera a san Francisco no puede menos de llevar consigo el redescubrimiento del ideal y de la vida de pobreza evangélica. La primera generación capuchina hizo de la pobreza como el cimiento del compromiso personal y colectivo de seguir a Cristo según el ejemplo y las enseñanzas de san Francisco. Bajo el magisterio de Bernardino de Asti, la espiritualidad de la reforma supo captar todo el sentido profundamente evangélico de la pobreza voluntaria y se ligó aun con las consecuencias heroicas de la misma. Es lo que aparece en las extensas motivaciones del capítulo sexto de las Constituciones de 1536. La «altísima» y «celestial» pobreza (n. 38, 69, 81) es llamada «madre santísima», «madre amadísima» (n. 23, 27, 84), «reina y madre de todas las virtudes, esposa de Cristo y del seráfico Padre» (n. 27), «firmísimo fundamento de toda la regular observancia» (n. 126).
Pero la pobreza, aun siendo tan fundamental, no es la meta de una vida; sigue siendo medio de perfección, y ésta consiste en la caridad. Ante todo, la razón última de elegir una vida en pobreza es la opción hecha por el Hijo de Dios, «hecho pobre por nosotros en este mundo» (2 R 6,3); una vida señalada por la pobreza desde el nacimiento hasta la cruz (n. 69).
Ya san Buenaventura había puesto de relieve la importancia de la práctica de la pobreza como disposición para las ascensiones místicas. Los capuchinos vieron desde el primer momento en la renuncia a los bienes y a todo afecto terreno un requisito imprescindible para la verdadera oración. Bernardino de Asti enseñaba que tres virtudes son el fundamento de la vida de un verdadero capuchino: caridad, pobreza y oración. Las tres se necesitan mutuamente.
a) Pobreza-abdicación. Como verdaderos franciscanos, los primeros capuchinos daban más importancia a la pobreza del grupo que a la de cada hermano. Es la fraternidad como tal la que se compromete a vivir en pobreza total, en inseguridad, renunciando a los medios fijos de vida. No es la pobreza monástica, que toma como modelo la primera comunidad de Jerusalén, esto es, la vita communis fruto de la renuncia individual, sino la pobreza apostólica, la de Cristo y los apóstoles. Aceptaron la interpretación tradicional del Nada se apropien de la Regla (2 R 6,1), en sentido jurídico de abdicación del dominio, en conformidad con las declaraciones pontificias, pero teniendo presente el sentido evangélico dado por san Francisco.
b) Pobreza-peregrinación. El sentido de peregrinación, connatural a la vocación cristiana y tan esencial en el ideal de pobreza de san Francisco, lo vivieron intensamente los primeros capuchinos; la misma preocupación de depender de propietarios inmediatos de las casas y lugares obedecía, de acuerdo con la Regla, a la voluntad de no instalarse en lugar alguno. A la misma mística de peregrinación respondía la manera sencilla y provisional de hacer los edificios en los «lugares» (nunca dieron el nombre de «convento» ni menos de «monasterio» a la vivienda). En los comienzos eran eremitorios o construcciones abandonadas. Debían estar situados ni demasiado cerca ni demasiado lejos de las ciudades, buscando un equilibrio entre la soledad y la integración en el contexto humano. Las Constituciones se atenían a la norma dada por san Francisco en el Testamento para las casas e iglesias; habían de ser «pequeñas, humildes, despreciables y bajas, para que todo predicase humildad, pobreza y desprecio del mundo». Lo mismo las iglesias: «pequeñas, pobres y sencillas», y esto por un sentido de minoridad. Aun cuando más tarde las casas se hicieron con material más consistente, los capuchinos se mantuvieron fieles a la norma de sencillez y austeridad.
c) Pobreza-minoridad. San Francisco dio mayor importancia a la pobreza interior, del espíritu, que a la exterior de las cosas materiales. «Vivir sin propio» significa para él tener el corazón verdaderamente «desapropiado», liberado de toda ambición, codicia, propia complacencia, envidia de los bienes ajenos. Las Constituciones de 1536 recogen esta doctrina; y era inculcada a los hermanos por los maestros de la primera generación. El binomio pobreza-humildad, que hallamos en los escritos de san Francisco, se expresa con el término minoridad, que quiere decir actitud evangélica de no ocupar los primeros puestos, de no estar sobre los otros, de no imponerse a ninguno, sino estar al servicio de todos, siempre disponible para hacer el bien, sin pretender ni compensaciones ni gratitud ni honores o gloria.
d) Pobreza-austeridad. La joven reforma, al igual que los demás movimientos del tiempo, franciscanos y no franciscanos -como por un acuerdo tácito denominados de descalzos-, hizo de la austeridad la palabra de orden. El hombre del siglo XVI, aristócrata o burgués, era amigo de comodidades, del bien vestir, especialmente del bien calzar; la vanidad de quien tenía medios aparecía en la ostentación de los grandes palacios con sus portaladas solemnes, sus espaciosos ventanales, sus salones altos y profusamente adornados, de las carrozas lujosas, de las quintas señoriales, de los banquetes de manjares variados y refinados. La pobreza no suponía sólo, para los capuchinos, elegir un modo de vivir pobremente, sino la respuesta profética a todo aquel «mundo». En todas las cosas, establecían las Constituciones de Albacina, «ha de resplandecer la sobriedad, la pobreza y la austeridad» (n. 15). Las fuentes hablan, como de un elemento connatural a la pobreza, de la santa rudeza, vileza, sencillez, estrechez. «La austeridad aterrorizaba, la pobreza y sencillez enternecían, y la devoción conmovía» a los que visitaban los «lugares» de los capuchinos (Pablo de Foligno).
e) Pobreza-fraternización con los pobres. La pobreza no es una opción filosófica o ascética, sino una realidad trágica en los que son víctima de ella. San Francisco, en su itinerario penitencial, descubrió primero al pobre, como un hermano, después descubrió al Cristo pobre y paciente. Para él la pobreza es una existencia pobre, la de todo hombre que padece penuria, marginación u opresión; pero, sobre todo, es la existencia del Hijo de Dios, «hecho pobre por nosotros en este mundo» (2 R 6,1), el cual afirma que lo hallaremos siempre que vayamos al encuentro de todo hermano que tiene necesidad de nosotros. También en el origen de la reforma capuchina nos encontramos con el mismo itinerario. Mateo de Bascio, en 1525, se sintió llamado a renovar la pobreza franciscana después de haber ejercido la caridad con un desgraciado. Él y los primeros iniciadores de la reforma se acreditaron ante la población en la asistencia denodada a los apestados. Pedían hospitalidad gustosamente en los hospitales y se entregaban a los servicios más humildes en los mismos. Además, existía la norma de compartir con los pobres la parvedad de los propios recursos.


VIDA FRATERNA


La pobreza y la austeridad sólo son auténticamente evangélicas si liberan los corazones para el amor. Tomás de Celano pone de manifiesto el papel que la vida de pobreza voluntaria desempeñaba en el grupo inicial formado por san Francisco: libre y desprendido de afanes terrenos y de afectos «privados», cada hermano volcaba en los otros toda la intensidad del amor (1 Cel 39).
Esta conjunción feliz de renuncia y de gozo en la convivencia fraterna, difícil de comprender para quien no capta el dinamismo evangélico en profundidad, supieron realizarla las primeras generaciones capuchinas. Los cronistas nos ofrecen cuadros sorprendentes de ingenuidad, espontaneidad, compenetración y ayuda recíproca, de manifestaciones de amor fraterno hasta la ternura, en un clima de alegría y de sencillez.
Al recobrar la espontaneidad original, hallaron absurdos los convencionalismos de precedencia, jerarquías, exenciones y todo cuanto afea la igualdad fraterna, incluso la diferencia entre sacerdotes y no sacerdotes en el interior del grupo. En los primeros decenios, gran parte de los superiores locales eran hermanos legos, y ellos iban también como delegados a los capítulos, hasta que el Concilio de Trento puso fin a esta práctica.

VITALIDAD APOSTÓLICA


Tras un primer estadio de concentración eremítica, que no es precisamente anacorética, ya que con el cultivo de la soledad va unida la intimidad fraterna, suele seguir en las reformas franciscanas una incontenible expansión evangelizadora. En los capuchinos, este segundo tiempo no se hizo esperar, tal vez vino demasiado pronto para algunos que hubieran necesitado más tiempo de cenáculo recoleto.
Ya el capítulo de 1535, bajo Bernardino de Asti, lanzó a la nueva reforma a la predicación en gran escala. El capítulo nueve de las Constituciones ofrecen la descripción ideal del anunciador del Evangelio: hombre de profunda experiencia del trato con Dios, enamorado de Cristo, contemplador de la Palabra de Dios, lleno de celo por la salvación de las almas, ejemplar en toda su vida, ardoroso, pero prudente en lo que dice, dando gratuitamente lo que gratuitamente ha recibido, duro con los vicios, pero suave con el pecador, cuidadoso de poseer la necesaria cultura teológica, en especial de la sagrada Escritura.
Esta fue la razón única de que, no obstante el recelo expresado en el capítulo de Albacina contra la ciencia, en 1535 se determinara establecer «algunos devotos y santos estudios, impregnados de caridad y humildad» (n. 122). Andando el tiempo la Orden se abriría plenamente al cultivo de las ciencias sagradas, siempre con el único fin de formar sacerdotes convenientemente preparados y dando siempre la primacía a la sagrada Escritura.
Los predicadores capuchinos renovaron la predicación de la época, sea aligerándola del uso eclesiástico de divisiones y sutilezas, que la hacían pesada y nada accesible al pueblo, sea principalmente reaccionando intencionadamente contra la moda humanista de hacer alarde de erudición clásica, aun mitológica.
Pero no fue la predicación la única forma de apostolado de los capuchinos en el siglo XVI. Hemos hablado ya de la asistencia caritativa a los hambrientos y apestados. Muy pronto se distinguirían como impulsores de iniciativas sociales, como enviados de paz, como válidos directores de almas, etc.
Y hay que añadir la conciencia de la vocación misionera de la Orden. Ya las Constituciones de 1536 recuerdan el celo de san Francisco por la conversión de los infieles, estimulan a ofrecerse para tal empresa a los hermanos que se sienten llamados, en conformidad con la Regla.



CONCLUSIÓN


De nuevo nos hallamos hoy en el esfuerzo por volver sinceramente al Evangelio y a san Francisco. ¿Cuáles son los elementos de la espiritualidad de la reforma capuchina que constituyen un reclamo en el momento actual?


1. Ante todo, esa misma consigna de retorno a san Francisco, superando convencionalismos y adherencias de tiempos y situaciones que ya no existen. Hoy tenemos medios mejores de conocer el espíritu y las «intenciones evangélicas» del Poverello. Pero quizá nos falte aquella sinceridad elemental de los reformadores.


2. El elemento contemplativo, esencial en la vida franciscana, está en la aspiración de muchos y es actualísimo en un momento en que el Espíritu Santo está impulsando tantos movimientos en el seno de la Iglesia hacia el descubrimiento de la oración como clima de la experiencia de la fe. No estaría mal exagerar, como en los comienzos de las reformas, esa nota de retiro y de recolección para recobrar el sentido de la oración.


3. La pobreza evangélica. «Los contemporáneos nos interpelan con insistencia, a nosotros los religiosos, sobre nuestra fidelidad a la pobreza prometida» (Pablo VI, Ev. testif. 16). ¿Estamos en disposición de asumir, en nuestro tiempo y para nuestro tiempo, los gestos heroicos de los antiguos capuchinos?: a) en cuanto a la abdicación, renunciando a la autonomía, si no en la posesión de los edificios, sí en lo que se refiere a obras e instituciones, recursos propios de acción, etc., optando más bien por una inserción en obras, instituciones e iniciativas ajenas; b) en cuanto al sentido de peregrinación y de disponibilidad, renunciando a tantas formas de instalación personal o colectiva que hoy nos quitan la libertad evangélica y apostólica; c) en cuanto a la actitud de minoridad en medio del pueblo de Dios, si no con la renuncia a la exención canónica, muy delimitada hoy por el Concilio, sí con una participación desinteresada en la pastoral de conjunto y con la preferencia por campos de acción y de servicio a los hermanos, sin lustre y sin provecho temporal; d) la pobreza-austeridad fue un concepto muy actual en el siglo XVI, que hoy quizás sea más difícil restaurar en nuestra sociedad del confort y del consumo; en cambio, son muy actuales ciertos aspectos de esa misma pobreza, como son la sencillez, la sobriedad, el contentarse con lo elemental...; pero ciertamente la pobreza evangélica no es una disciplina ascética, sino una liberación para amar y darse; e) el aspecto de hoy es seguramente el de ver en la pobreza voluntaria un compromiso de fraternización con los pobres; los primeros capuchinos tradujeron ese compromiso en el gesto heroico de obligarse a socorrer a los necesitados en tiempo de carestía y a los apestados en tiempo de epidemia; hoy se ofrecen nuevas oportunidades: los marginados, los emigrantes, los drogadictos...


4. La vida fraterna busca cauces evangélicos de espontaneidad y de compenetración, lo mismo que en el origen de nuestra reforma. Lo importante es que sepamos poner los presupuestos imprescindibles de ese redescubrimiento: desapropio, sobre todo afectivo, aceptación de cada hermano como es, mutua apertura y confianza, conciencia de hallarnos ligados por un compromiso de grupo a un ideal de vida sumamente exigente, que hemos de llevar adelante entre todos, con lealtad fraterna. Para ello se impone el diálogo confiado, el espíritu de servicio, que tiene como fórmula evangélica la obediencia, un estilo de mando que brota de esa misma actitud de servicio, y una proyección externa de la hermandad descubierta y realizada primero hacia adentro.


5. La acción apostólica tiene hoy la misma raíz de siempre y, más o menos, se desenvuelve por los mismos cauces que hallaron los antiguos capuchinos: experiencia personal de la fe, de la intimidad con Dios, mensaje sincero y directo, denuncia profética con nuestra vida y con nuestra palabra de lo que nuestra sociedad tiene de antievangélico, audacia de ser diferente en un mundo más preparado que nunca para descubrir los valores de una vida de renuncia, de autenticidad cristiana, de verdad austera y diáfana.


[Extraído de L. Iriarte, OFMCap, Fisonomía espiritual de los primeros capuchinos. Rasgos fundamentales de su espiritualidad, en Selecciones de Franciscanismo, vol. VIII, n. 23 (1979) 277-296]


    
 La Tau

La TAU, es originariamente un símbolo de la antigüedad compartido por muchas culturas.

En la mitología escandinava, el dios del rayo, el dios Thor aparece con un martillo de doble cabeza que se relaciona con esta TAU, como podemos ver en el siguiente dibujo.

También para los egipcios es importante, ya que se ha querido ver en ella la vara de Aarón que Moisés convirtió en serpiente, por ello también la podemos encontrar bajo la definición de cruz egipcia. Estos hechos los podemos leer en el libro del Éxodo 7, 8-13:

“El Señor dijo a Moisés y a Aarón: “Cuando os hable el faraón y os diga: Haced algún prodigio, tú dirás a Aarón: Toma tu bastón y échalo delante del faraón. El bastón se convertirá en serpiente.” Moisés y Aarón fueron ante el faraón e hicieron como el Señor les había ordenado. Aarón tiró su bastón delante del faraón y de sus siervos, y se convirtió en serpiente. El faraón llamó también a los sabios y encantadores, y ellos, los magos de Egipto, hicieron lo mismo con sus encantamientos. Tiró cada uno su bastón y se convirtieron en serpientes; pero la serpiente que había salido del bastón de Aarón se comió a las otras serpientes. El corazón del faraón se endureció y no les escuchó, tal y como había dicho el Señor.”

Se dice que los egipcios la utilizaban como amuleto protector ya que representaba la vida, el poder, la sabiduría y la fecundidad.

Pero la TAU es más conocida por ser una letra, tanto del alfabeto griego, como el hebreo, precisamente son las dos lenguas oficiales de la Biblia, y “casualmente” es la única letra que comparten ambos alfabetos.

En griego clásico, es la decimonovena letra de todo el alfabeto (en el griego actual se traduce por taf y no por tau), lo más curioso es que dentro del sistema de numeración griego, bastante complejo por cierto, la letra tau corresponde al 300 y como os imaginareis no es casualidad la importancia de este número a lo largo de la Biblia:

En Génesis 6, 14-16; encontramos las reglas que Dios le pone a Noé para la creación del arca:

“Hazte un arca de maderas resinosas, divídela en compartimentos y calafatéala con pez por fuera y por dentro. Estas serán sus dimensiones: ciento cincuenta metros de largo, veinticinco de ancho y quince de alto”.

Creo que es bastante obvio que hace 3000 no usaban el sistema métrico decimal, ya que el metro se comienza a usar después de la revolución francesa. En el antiguo oriente, se empleaba el cubito, que en metros se calcula que correspondería aproximadamente a 0,44 metros, por lo tanto, si hacemos el sencillo cálculo de multiplicar los 150 metros (de mi versión de la Biblia) por 0,44 nos da un resultado aproximada de 300. He buscado en diversas traducciones de la Biblia y efectivamente en otras, no han pasado el dato a metros y aparecen los 300 cubitos como medida dada por Dios.

En el evangelio de Marcos 14, del 3 al 10, volvemos a observar la aparición del número, ya que 300 son los denarios que costaba el perfume que le derramaron a Jesús antes de morir:

“Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús. Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: “¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de 300 denarios para repartir el dinero entre los pobres”. Y la criticaban. Pero Jesús dijo: “Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo”.”

תת

La TAU, como hemos dicho antes la encontramos en el hebreo, como taf o tav, según se cree su auténtico origen está en la letra taw del alfabeto fenicio. Dentro del alfabeto hebreo es la última letra, es decir significa el cumplimiento de la Buena Nueva, de la Palabra Revelada, ya que la Biblia se escribió en hebreo. Su valor numérico es el 400.

Explicado el origen numérico y alfabético de esta letra, no podemos olvidar su forma gráfica, que nos recuerda claramente a la cruz donde murió Cristo.

En la Biblia aparece en varias ocasiones más entre las que destacaré una del antiguo testamento y otra del nuevo. En Ezequiel 9, 4-5; Yaveh le dice a Ezequiel:

“Pasa por la ciudad, recorre Jerusalén y marca con una cruz la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las nefastas acciones que se cometen dentro de ella. Sólo se salvará el que tenga la cruz en la frente.”

Precisamente será por este texto gracias al cual a esta cruz se la conoce también como la cruz de las profecías, o cruz del Antiguo Testamento, por haber sido el símbolo elegido por los israelitas para hacer con la sangre de los corderos sobre los postes y dinteles de las puertas en la noche de Pascua en Egipto.

Y casi casi al final, en el Apocalipsis de San Juan, capítulo 7, versículos del 2 al 3, leemos:

“Después de esto vi cuatro ángeles, cada uno de ellos en pie sobre uno de los cuatro ángulos de la tierra. Sujetaban a los cuatro vientos de la tierra, para que dejaran de soplar sobre la tierra y el mar, y no se moviera ni una hoja de un árbol. Luego vi aparecer otro ángel por levante, por donde sale el sol. Era portador del gran sello del Dios vivo, y gritó a gran voz a los cuatro ángeles que habían recibido el poder de dañar la tierra y el mar: ¡Esperad! No hagáis daño a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que no hayamos sellado en la frente a los siervos de nuestro Dios.”

Dejando a un lado todas estas citas Bíblicas tan interesantes, podemos continuar hablando de la TAU, ya que ésta fue fundamental en la vida de dos importantes santos, como observamos en su iconografía.

Hablamos primero de San Antonio Abad, fundador del movimiento eremítico, es decir de los ermitaños. Este curioso personaje vivió en los primeros años del cristianismo, en los siglos III y IV. Pero cuenta la leyenda que en el siglo VI se trasladan sus reliquias a Alejandría, mientras que en el siglo XII se vuelven a trasladar a Constantinopla. Corren los años del 1300 y por estas fechas es fundada la orden de los caballeros del hospital de San Antonio, conocida comúnmente como los “hospitalarios” o la “orden de los antonianos”. Los monjes de esta orden vestían unos negros hábitos con una cruz TAU en medio de sus hábitos. Se dedicaron principalmente a tratar a peregrinos con enfermedades contagiosas como la lepra, la peste, la sarna… En el Camino de Santiago se encuentran numerosos restos de esta orden, por ejemplo la denominación de hospitaleros para la gente que se dedica a los peregrinos, viene de aquí. En Castrojeriz el camino atraviesa las ruinas del hospital de San Antón.

La razón de la vinculación de la TAU con San Antón, es porque según cuenta Santiago de la Vorágine, en la Leyenda Áurea, el bastón que siempre llevaba San Antón, tenía esta forma, en la imagen poder ver una réplica del siglo XV.

Y por último hablaremos de otro santo, también muy vinculado a la TAU, San Francisco de Asís, en la época en la que vivió el pobre de Asís, el siglo XII, se pensaba que la TAU era un signo que te protegía de la peste y la gente lo solía llevar como un amuleto. Pero para San Francisco fue mucho más que eso, él lo adoptó como su firma, como bien podemos leer en el tratado de los milagros de Tomas de Celano, su biógrafo, (3 Cel 3);

“La señal de la TAU era la preferida sobre toda otra señal, con ella sellaba Francisco las cartas y pintaba las paredes de las pequeñas celdas.”.

San Buenaventura, fue otro importante biógrafo de San Francisco, en él se inspirará Giotto para realizar su ciclo de frescos de la Basílica Superior de Asís. De sus Leyenda Mayor (LM) destacamos el siguiente fragmento (4,9):

“El hermano Pacífico, mereció ver de nuevo en la frente de Francisco una gran TAU, que, adornada con variedad de colores embellecía su rostro con admirable encanto. SE ha de notar que el Santo veneraba con gran afecto dicho signo; lo encomiaba frecuentemente en sus palabras y lo trazaba constantemente con su propia mano al pie de las breves cartas que escribía, como si todo su cuidado se cifrara en grabar la cruz TAU -según el dicho profético- sobre las frentes de los hombres que gimen y se duelen (Ez 9,4), convertidos de veras a Cristo Jesús.”

En la siguiente imagen podemos observar la TAU de Fonte Colombo, que según se dice fue pintada por el mismo Francisco.

Pero no solo en las paredes de los monasterios también se conservan cartas con la firma de San Francisco, por ejemplo este pequeño pergamino que le regaló a Fray León, con la frase: “¡El Señor te bendiga, Fray León!”

En esta otra imagen se ve más claro, ya que es un dibujo copiado del anterior.

En la actualidad la cruz TAU, reúne multitud de significados, los que ha ido recopilando a lo largo de toda su historia, desde la más remota antigüedad, se considera un símbolo profiláctico, un amuleto, una protección, pero por encima de todo es un signo cristiano, una cruz, la cruz de San Francisco y de San Antón, la cruz de los peregrinos, es por ello que aparece tantas veces a lo largo de todo el Camino de Santiago.

Pero no solamente aparece en el Camino de Santiago, también en el Camino de San Francisco de Asís, está repleto de señales TAU, como esta que encontramos en el albergue de la Perfetta Letizia, pintada por Ángela, su hospitalera.

Bendición a fray León

San Francisco, dos años antes de su muerte, hizo una cuaresma en el monte de la Verna, en honor de la B. Virgen María, Madre de Dios, y del arcángel San Miguel, desde la fiesta de la Asunción de Santa María Virgen hasta la fiesta del arcángel San Miguel; y la mano de Dios estuvo sobre él mediante la visión y las palabras del Serafín y la impresión de los estigmas de Cristo en su cuerpo; entonces compuso estas alabanzas, que están escritas en el reverso de esta hoja, y las escribió de su puño y letra, dando gracias al Señor por el beneficio a él concedido.

EL SEÑOR TE BENDIGA Y TE GUARDE. TE MUESTRE SU ROSTRO Y TENGA MISERICORDIA DE TI. VUELVA A TI SU MIRADA Y TE DE LA PAZ.
San Francisco escribió de su propio puño esta bendición para mí, fray León: FR. LEÓN TEL SEÑOR TE BENDIGA . Del mismo modo trazó él mismo, con su mano, el signo de la Tau con su base.(Escrito autógrafo de san Francisco, con anotaciones de fray León)
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 San Francisco y la "Tau"

La primera vez que la Tau aparece relacionada con San Francisco fue cuando fray Pacífico la vio marcada en su frente, probablemente en vísperas del Concilio IV de Letrán, que se abrió en Roma el 11 de noviembre de 1215, con un memorable sermón de Inocencio III basado en las palabras de Cristo: "He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros" (Lc 22, 15). Recordando que Pascua significa "paso", el Papa manifestaba su deseo de que el Concilio, nueva Pascua, fuese ocasión de un triple paso, físico, espiritual y eterno, refiriéndose, respectivamente, a la Cruzada, a la reforma de la Iglesia universal y a la Eucaristía. La segunda parte del discurso, que trata del paso espiritual, es un comentario de Ezequiel 9, donde el papa hace suyas las palabras del Señor al profeta: "Pasa por la ciudad, recorre Jerusalén, y marca una tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen dentro de ella" (Ez 9, 4). Y luego añade: "Tau es la última letra del alfabeto hebreo, y tiene la forma de cruz, como era la cruz antes que le pusieran encima la inscripción de Pilato. Tau es el signo que se lleva en la frente cuando el esplendor de la cruz se manifiesta en toda nuestra conducta, cuando, como dice el Apóstol, se crucifica la carne con sus vicios y pecados. Entonces se afirma: Yo no quiero gloriarme en ninguna otra cosa, si no en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo…" Y concluye diciendo: "¡Sed, pues, los paladines de la Tau y de la Cruz!". 

San Francisco de Asís, que participó en el Concilio en calidad de superior general de una Orden aprobada por la Iglesia, debió de tomarse muy en serio la invitación de Inocencio III, pues, según los compañeros y sus primeros biógrafos, amaba y veneraba la Tau (nombre de la letra T en hebreo y griego) "porque representa la cruz y significa una verdadera penitencia". Al comienzo de cualquier actividad se santiguaba con dicha señal, la prefería a cualquier otro signo y la pintaba en las paredes de las celdas. En sus conversaciones y predicaciones la recomendaba a menudo, y la dibujaba a modo de firma en todas sus cartas y escritos, "como si toda su preocupación fuese grabar el signo de la tau, según el dicho profético, sobre las frentes de los hombres que gimen y se lloran, convertidos de veras a Cristo Jesús".  

 La "Tau" en tiempos de San Francisco

La devoción de Francisco por la tau no era ninguna originalidad. Parece ser que la cruz de los romanos tenía esa forma y así la representaron, a veces, los primeros cristianos en las catacumbas. En tiempos del santo, al menos desde 1191, la usaban profusamente, como signo de pertenencia a la orden y de su vocación caritativa, los Crucíferos o antonianos de San Antonio Abad, que en Asís regentaban el hospital de San Salvador de las Paredes. Los Valdenses, fundados por Pedro Valdo, contemporáneo de San Francisco, llegaron a declarar como dogma de fe que la cruz de Cristo tenía forma de T. La "Cruzada de los niños" de 1212 la tomó por distintivo.
En Jerusalén, una orden caballeresca que tomó parte en la Segunda Cruzada era conocida como Orden de la Tau y sus miembros llevaban ese signo en el cuello de la capa. Por tanto, lo que hizo el santo de Asís fue asimilar un signo ya existente, que encajaba bien con su espiritualidad e ideales, basados en la contemplación e imitación de Cristo pobre y crucificado. Algunas "reliquias" o testimonios

En la Basílica de San Francisco, en Asís, entre las reliquias del Santo, se muestra un autógrafo suyo con la bendición que le dedicó a su compañero fray León y el dibujo de la tau. En el eremitorio de La Verna hay un bastón usado por él, con la punta en forma de T.

En Fontecolombo, en la capillita de la Magdalena, se descubrió no hace mucho una tau roja pintada en la pared, que algunos atribuyen al santo. También se cuenta que, después de su muerte, curó la pierna de un hombre, tocándola con una varita en forma de T, cuya señal quedó luego impresa en la parte curada. La Tau, por último, es el emblema del Sacro Convento de Asís, donde se encuentran representaciones de la misma de todos los siglos. Las más destacadas son las que pintaron Cimabúe, Giotto y Lorenzetti en la Basílica Inferior de San Francisco, entre los siglos XIII y XIV.
 Más información: Damien VORREUX, "Tau, simbolo francescano. Storia, teologia e iconografia", Ediciones Messaggero, Padova (Italia) 2005.Damien VORREUX, "Tau, simbolo francescano",Ediciones Messaggero, Padova, 1988


 

 

La oración de San Francisco de Asís

ante el crucifijo de San Damián.

Leemos de las Biografías de San Francisco de Asís, Leyenda de los tres compañeros n° 13.

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Un día en que invocaba con más fervor la misericordia de Dios, le manifestó el Señor que en breve se le diría lo que había de hacer. Con esto se lleno de tal gozo, que, no pudiendo contener la alegría, aun sin querer decía al oído de los hombres algo de estos secretos. Pero hablaba con cautela y enigmáticamente, diciendo que no quería ir a la Pulla y que en su patria llevaría a cabo cosas grandes y nobles. Sus compañeros que lo veían tan cambiado y tan alejado de ellos en sus pensamientos, aunque a veces los acompañara corporalmente, de nuevo le preguntaron, como burlándose: “Pero, ¿es que piensas en casarte, Francisco?” A lo que contestó con palabras enigmáticas, como arriba queda dicho.

A los pocos días, cuando se paseaba junto a la Iglesia de San Damián, percibió en espíritu que le decían que entrara a orar en ella. Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así: “Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues y repárala”. Y él, con gran temblor y estupor, contestó: “De muy buena gana lo haré, Señor”. Entendió que se le hablaba de aquella iglesia de San Damián, que por su aparente antigüedad, amenazaba inminente ruina. Con estas palabras fue lleno de tan gran gozo e iluminado de tanta claridad, que sintió realmente en su alma que había sido Cristo crucificado el que le había hablado.

Saliendo de la iglesia, encontró a un sacerdote sentado junto a ella, y, metiendo la mano en su bolsa, le ofreció cierta cantidad de dinero, diciéndole: “Te ruego, señor, que compres aceite y cuides de que luzca continuamente una lámpara ante este crucifijo. Y, cuando se acabe este dinero, yo te daré de nuevo lo que fuere necesario para lo mismo”.

Ubicación en el tiempo

  • Esta oración está situada al comienzo de sus escritos, por ser el exponente más directo de su experiencia espiritual. Representa las efusiones más frescas en sus intimidades con el Padre.
  • Francisco ya está de regreso de Espoleto, en búsqueda, con preguntas y dudas. Se nota en la forma de componer la oración, comparándola con sus demás oraciones, nos sitúa al comienzo de su búsqueda, sus primeros pasos… año 1026, Francisco tiene 24 años.
  • Francisco ya había pasado por la prisión en Perusa, de regreso se encuentra con un leproso, comienza con una actitud de servicio frente a ellos, parece ser que Jesús mismo se le había manifestado allí, tenía prolongados espacios de oración en las cavernas donde le gustaba orar a solas…
  • Francisco es una persona con mucha expresividad y afectividad, lo demuestra en sus escritos, y nos lo cuentan sus biógrafos en infinidades de hechos y actitudes. No es una persona chata y apocada, es inquieto e insistente.
  • Cuando Francisco se vio ante el crucificado de San Damián, ya había pasado, entonces, por la experiencia de los sueños con la voz de Dios, del servicio con misericordia a los leprosos, y de la oración solitaria en las cavernas. Ya deseaba ardientemente saber lo que Dios quería de él y debía rezar esta oración con frecuencia en varias oportunidades. Ahora percibía que un “mandato” se estaba concretizando.

La oración

  • Descubrir la voluntad de Dios, será para Francisco su primera preocupación, a lo largo de toda su vida, y para los demás será una amonestación constante. Recordemos solamente la escena con Clara y el hermano Silvestre, les pide oración para que el Señor le revele que forma de vida debe llevar, si una vida dedicada a la contemplación o una vida de apostolado, anunciando la penitencia, por ejemplo.

  • Reconoce su pobreza y vileza, pide luz…para las tinieblas de su corazón. Será una lucha insistente, luego descubrirá que Cristo es la luz, y como nuestro corazón se inclina hacia sus propias tinieblas.

  • Objeto central de la oración, son las virtudes teologales, (fe, esperanza y caridad), Francisco sabe que éstas, dan a Dios, entregándonos a Él, porque son Él mismo, además pide, sentido y conocimiento. Siempre le importó acertar en lo que hacía, y lo pidió más de una vez en su vida.
  • La oración está dirigida al alto y glorioso Dios y Señor, palabras que van a estar siempre en sus labios y en sus oraciones.

  • En las demás oraciones de su vida, encontraremos sólo alabanzas, ya no hará peticiones de esta manera, como lo hace en esta oración.

Motivación:

Francisco encuentra aquí su vocación, Jesús le pide restaurar las heridas y grietas que la Iglesia estaba sufriendo: “Francisco, ve y repara mi Iglesia”. Estas palabras encierran una riqueza inagotable, los franciscanos/as descubrimos en esta frase nuestro ser-en-el-mundo, nuestro ser-en-la-Iglesia. Desde esta cruz y desde esta respuesta, todos somos llamados a la misma misión. Encontramos aquí un momento fundacional, y elemental para la vida de los franciscanos/as.

Dinámica:

1. LA ORACIÓN

  • Trata de ubicarte frente a Jesús, como lo hizo Francisco en la ermita de San Damián…, mirá a Jesús crucificado, él te está hablando, te pide que lo sigas, te da ánimo en el camino, te pide que no te desanimes, dejá que sus palabras resuenen en tu oído y en tu corazón: “… ve y repara mi Iglesia”. Tu respuesta será: “aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad”. Repetí varias veces este ejercicio en el silencio de tu corazón, dejá que el Espíritu te guíe mar adentro, sentí el amor del Padre que te rodea, experimentá la cercanía de tus hermanos…

  • Las palabras que Jesús dirige a Francisco, ¿qué significan para vos, en lo concreto de tu vida cotidiana?

  • El mandato misionero que encontramos en estas palabras de Jesús, va dirigido a toda la familia franciscana; nosotros, que somos parte de ella, ¿qué respuesta damos como fraternidad? ¿Cuál es el aporte personal que hago a mi fraternidad?

  • Colocamos una música suave de fondo, para ambientar el momento.

Colocados frente a la Cruz de San Damián y con estos mismos sentimientos, mirándonos en el espejo de la eternidad, Jesús, nuestro único maestro, recemos juntos la oración que el mismo Francisco rezó ante el crucificado de San Damián. Tratemos de experimentar la misma sensación que él sintió en aquel momento:

¡ Oh alto y glorioso Dios!,

ilumina las tinieblas de mi corazón,

dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta

sentido y conocimiento, Señor,

para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento. Amén.

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Así nos animan Francisco y Clara: 

(Entre cada texto recomendamos hacer un momento de silencio para la meditación, y podemos ambientar con música. A medida que se van leyendo los textos, se coloca a los pies de la cruz o en un lugar visible, las frases que de alguna manera nos resumen la idea del texto).

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  • “…A continuación oró al Padre, diciendo: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Y sudó como gruesas gotas de sangre que corrían hasta la tierra (LC 22,44). Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre, hágase tu voluntad (Mt 26,42); no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26,39). Y la voluntad de su Padre fue que su bendito y glorioso Hijo, a quien nos dio para nosotros y que nació por nuestro bien, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz; no para sí mismo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas (cf. lPe 2,21)…” 2CtaF 1

NADIE SE ENORGULLEZCA, SINO GLORÍESE EN LA CRUZ DEL SEÑOR 

  • “Repara, ¡oh hombre!, en cuán grande excelencia te ha constituido el Señor Dios, pues te creó y formó a imagen de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu (cf. Gén 1,26). Y todas las criaturas que están bajo el cielo sirven, conocen y obedecen, a su modo, a su Creador mejor que tú. Y aún los mismos demonios no fueron los que le crucificaron, sino fuiste tú el que con ellos le crucificaste, y todavía le crucificas al deleitarte en vicios y pecados. ¿De qué, pues, puedes gloriarte?”.Adm 5

SOMOS IMAGEN Y SEMEJANZA DEL CREADOR


  •  
    “…Mira dentro de ese espejo todos los días, oh reina, esposa de Jesucristo, observa de continuo en él tu rostro; así podrás revestirte toda, interior y exteriormente, de variedad de galas (cf. Sal 44,10) e ir adornándote de las flores y ropas de todas las virtudes, oh hija y esposa carísima del sumo rey…”. Cl4C
     

MIRA A JESÚS, OBSERVA EN ÉL TU ROSTRO


  •  
    “…No permitas que nuble tu corazón alguna sombra tristeza, ¡oh señora amadísima en Cristo, gozo de los ángeles y corona de tus hermanas! (Fil 4,1) Aplica tu mente en el espejo de la eternidad, deja que tu alma se sumerja en el esplendor de la gloria, endereza tu corazón a aquel que es la figura de la divina sustancia (cf. Hbr 1,3), y transfórmate totalmente por la contemplación, en la imagen de su divinidad (cf. 2Cor 3,18). Así probarás tú lo que experimentan los amigos cuando saborean la dulzura escondida (Sal 30,20), que el mismo Dios tiene reservada desde el principio para sus amadores (cf. 1Cor 2,9)…”. Cl3C

AMA TOTALMENTE A QUIEN TOTALMENTE SE ENTREGÓ POR AMOR

 

¡VE Y REPARA MI IGLESIA!

Animados con estas palabras meditemos ahora en unos momentos de silencio la grandeza de tener delante de nuestros ojos al Señor Dios Vivo y Verdadero, Jesucristo crucificado y resucitado, nuestro Salvador. 

  • SILENCIO de meditación (Podemos ambientar con una música apropiada o con cantos)

 2. RECONOZCAMOS Y CONFESEMOS delante del Señor del Universo lo más importante, todo lo bueno que día a día vivimos, todo el amor que derrama en nuestra existencia, con admiración y gratitud...

  • SILENCIO de meditación
 

Alabanzas que se han de decir en todas las horas

(Compuestas por San Francisco de Asís)

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Recemos ahora las alabanzas al Dios Altísimo compuestas por San Francisco y respondamos con fuerza a cada invocación diciendo juntos:

“Te alabamos por siempre Señor” 

Santo, santo, santo Señor Dios omnipotente,
el que es, y el que era, y el que ha de venir:

Te alabamos por siempre Señor.

Digno eres, Señor Dios nuestro,
de recibir la alabanza, la gloria,
el honor y la bendición:

Te alabamos por siempre Señor.

Digno es el cordero que ha sido degollado
de recibir el poderío, y la divinidad, y la sabiduría,
y la fuerza, y el honor, y la gloria, y la bendición:

Te alabamos por siempre Señor.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo:

Te alabamos por siempre Señor.

Bendigamos al Señor todas las obras del Señor:

Te alabamos por siempre Señor.

Alaben a nuestro Dios todos sus siervos
y los que temen a Dios, pequeños y grandes:

Te alabamos por siempre Señor.

Alaben al que es glorioso, los cielos y la tierra.

Te alabamos por siempre Señor.

Y todas las criaturas del cielo y de la tierra,
y las que estánbajo la tierra y el mar,
y todo lo que hay en él:

Te alabamos por siempre Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo:

Te alabamos por siempre Señor.

Cómo era en el principio y ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Te alabamos por siempre Señor.

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Oremos TODOS JUNTOS:

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios,
concédenos a nosotros, miserables,
hacer, por Ti mismo,
lo que sabemos que quieres,
y querer siempre lo que te agrada, para que,
interiormente purificados,
iluminados y encendidos en el fuego del Santo Espíritu,
podamos seguir las huellas
de tu amado Hijo,
nuestro Señor Jesucristo,
y llegar solo por tu gracia, a Ti, Altísimo,
que en la Trinidad perfecta y en la simple Unidad
vives y reinas y eres glorificado,
Dios omnipotente
por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

Hagamos una nueva pausa de silencio para dialogar sencilla y personalmente con Jesús.

SILENCIO de meditación (Se puede ambientar con una música suave)

 3. PRESENTEMOS TODAS NUESTRAS NECESIDADES, todo deseo y toda profunda petición con un acto de fe y confianza delante del Señor:  

(Silencio)

Respondemos: ¡Señor mío y Dios mío!

  • Para que al mirarte seamos transformados.
  • Para que al bendecirte seamos portadores de la bendición para nuestro prójimo, para nuestras familias.
  • Para que al pedir de tu misericordia podamos ser misericordiosos con los demás.
  • Para que al descubrirte presente en la Eucaristía, te descubramos también presente en el mundo, en las personas, y sobre todo en las más pobres y sufrientes.
  • Para que suscites muchas vocaciones en nuestras comunidades.
  • Por las vocaciones religiosas, especialmente las franciscanas.
  • Por matrimonios verdaderamente evangélicos.
  • Por los jóvenes que te conocen y por los que no te conocen.
  • Por los que trabajan por la justicia, la paz y la salvaguarda de la creación.
  • Para que renueves en nosotros nuestra propia vocación
  • 4. ADORACIÓN DE LA CRUZ:Nos acercamos a tocar al Señor, animándonos así, a cargar con nuestra propia cruz, siendo solidarios con Cristo, presentándole lo que nos inquieta en lo profundo de nuestro corazón, le presentamos personas concretas, que conocemos, que sufren, que necesitan de nuestra oración, si nos animamos decimos sus nombres. Pero sobre todo observemos a Jesús mirémoslo a él, dejémonos mirar por él.“Quien se acerca a Jesús con un corazón libre de prejuicios puede llegar más fácilmente a la fe, pues ha sido Jesús mismo quien te ha visto y amado antes. El aspecto más sublime de la dignidad del hombre está precisamente en su vocación de comunicarse con Dios en este profundo intercambio de miradas que transforma la vida. ¡Para ver a Jesús, es necesario ante todo dejarse guiar por él!".  
  • Podemos cantar algún canto apropiado, o utilizar una música para ambientar, que nos invite a la contemplación. Recomendamos los cantos de Taizé.

 

  • 5. ORACIÓN DE ENTREGA CONFIADA(tomada de textos de San Francisco y Santa Clara).
  •  
  • Respondemos: Jesús, en vos confío.
  •  
  • "Mira diariamente el espejo que es Jesús y observa en él tu rostro."
  • "Transfórmate totalmente por la contemplación en imagen de su divinidad."
  • “¡Oh grandísima humildad!; ¡Oh humilde grandeza!”
  • “Miren, hermanos, la humildad de Dios.”
  • “Derramen ante Él sus corazones.”
  • “Nada de ustedes retengan para ustedes mismos.”
  • “Que enteros nos reciba el que todo entero se nos entrega.”
  • "Ama totalmente a quien totalmente se entregó por tu amor."

 

  • 6. BENDICIÓN Y ENVÍO

Pidamos todos juntos ser bendecidos por nuestro Dios, Altísimo y Bondadoso, rezando la Bendición de San Francisco, para ser instrumentos de paz allí donde el Señor quiera enviarnos; sintámonos enviados a anunciar esto que hemos vivido y oído.

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El Señor nos bendiga y nos guarde;

nos muestre su rostro y tenga misericordia de nosotros.

Nos mire lleno de bondad y nos conceda la paz.

Que el Señor nos bendiga,

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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Equipo de Pastoral Vocacional, Juvenil y Misionera de a OFM Cap.

 

Cronología

San Francisco y Santa Clara de Asís

1181-2 Nacimiento de Juan Bernardone en Asís (Italia); hijo de Madonna Pica y Pedro Bernardone. Tuvo hermanos y hermanas, de los cuales era el mayor. En documentos posteriores al siglo XIII se da el nombre de uno de ellos, Ángel.

Su padre que estaba en Francia, cambió a su vuelta este nombre por el de Francisco, en honor a Francia ya que sus negocios iban bien por esas tierras. Francisco fue criado en una cultura bastante buena, sabía latín y algo de francés. Fue criado y preparado en vistas al próspero negocio familiar.

1193-94 Nacimiento de Clara en Asís, en la casa de los Favarone Offreduccio, cerca de la catedral de San Rufino. Su padre muere cuando ella era niña. Su madre Ortolana, y dos de sus hermanas luego de su conversión la siguieron a San Damián: Inés y Beatriz. Dicen que su familia “era de entre las más nobles de Asís”. A la prematura muerte de su padre hay que sumarle la huída de su familia a Perusa y ciertas dificultades económicas que, sin duda, forjaron en Clara un carácter decidido y templado. Muerto su padre, pasa a ser el jefe de la familia su tío Romualdo.

1199-1200 Se desata la guerra entre pueblo-burguesía y nobles en Asís.

1202 Guerra entre Perusa y Asís y derrota de los asisienses. Francisco tiene 20 años, participa en la batalla, que le va a costar un año de cárcel en Perusa.

1204-1205 Enfermedad de Francisco. Impulsado por sus sueños caballerescos, se alista a las órdenes del Conde Gentile intentando marchar a la Pulla, pero lo detiene la visión de Espoleto, y a pocos días vuelve a Asís en un estado de gran postración hasta caer fuertemente enfermo. (Sueño en Espoleto) “¿A quién es mejor servir, al Señor o al siervo?”. Los esquemas internos se van viniendo abajo. Vuelve a tomar el negocio y va haciendo una serie de aproximaciones a los pobres y a los sacerdotes sencillos, a los que da dinero y bienes, siempre en ausencia de su padre. (Intimidad de la caverna - Oración ante el crucifijo de San Damián)“Francisco ve y repara mi Iglesia”. Encuentro con el leproso.

1205-8 Su padre al verlo obstinado en su propósito y cambiado de actitud, para hacerlo recapacitar, lo encarcela en su casa y va de negocios a Francia. Su madre conmovida en sus entrañas lo libera. Cuando su padre regresa, le reprocha a la mujer y maltrata a su hijo a golpes hasta llevarlo a comparecer ante el obispo de Asís. Francisco sin esperar palabras, se libera de toda su ropa y la entrega a su padre ante toda la gente presente y ante el obispo. Y así despojado de todo, se refugia en el bosque con un sayal “como de ermitaño”. Sigue con la reconstrucción de San Damián (profecía sobre unas damas pobres que allí vivirían más tarde). Dos años fueron los que tardó en reconstruir la ermita cedida por los monjes benedictinos del Monte Subasio; y fue este un período de mucha soledad donde Francisco sufrió mucho. Comienza a clarificar su situación personal. No quería ser clérigo ni monje. En el año tercero de su conversión (1208) se encontraba un lugar llamado Porciúncula, donde existía una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen Madre de Dios, abandonada sin que nadie cuidara de ella. (Esta iglesia dependía también de la abadía del Monte Subasio de los monjes benedictinos) Francisco repara la iglesia. Vestía la túnica como de ermitaño, sujeto con una correa; llevaba un bastón y calzado en los pies. Por cierto día se leía en esta iglesia el Evangelio que narra como el Señor había enviado a sus discípulos a predicar. No comprendiendo las palabras, Francisco pide al sacerdote, una vez terminada la celebración que le explicara el alcance de estas palabras. Una vez terminada la explicación, exclama: “Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica”. Prontamente desata su calzado, tira su bastón, quita la correa y se coloca una cuerda. Y se hace un hábito en forma de cruz. Desde entonces comienza a predicar la penitencia, la salvación y la paz (El Señor le reveló que dijera este saludo: “el Señor te de la paz”).

Vocación de los demás frailes. El primero es Bernardo de Quintavalle y luego junto a éste, se le une un sacerdote llamado Pedro Cattani. Francisco consulta el Evangelio y allí descubren la forma de vida de los apóstoles: “den todo lo que tienen a los pobres; vayan predicando sin llevar nada; tomen su cruz y síganme”. Ya eran unos siete hermanos (abril – verano - Bernardo, Pedro, Gil, Felipe, Ángel, León, Rufino) y comienzan a predicar en las comarcas vecinas. Como los apóstoles iban de dos en dos, enviados por Francisco bajo su bendición. Al regresar comentaban las experiencias.

1206-7 Francisco mendiga piedras para restaurar la iglesia de San Damián. Clara escucha predicar a Francisco. La oración que Francisco dijo ante el crucifijo de San Damián está fechada por los biógrafos en este año 1206. Es el exponente más directo de la experiencia espiritual del santo, en el momento de su conversión y en el trato con Dios, seguramente la habrá recitado muchas veces. Y representa las efusiones líricas y místicas de su alma. “¡Oh alto y glorioso Dios! Ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y veraz mandamiento”.

1209-10 Al ver Francisco que Dios le aumentaba días tras días el número de sus seguidores, escribió para sí y sus hermanos presentes y futuros, con sencillez y en pocas palabras, una forma de vida y regla, sirviéndose, sobre todo, de textos del santo Evangelio. Entonces se traslada a Roma junto a sus hermanos para que el papa le confirmase lo que había escrito. El papa Inocencio III aprueba su propósito de vida evangélica y luego de aconsejarles y exhortarles sobre muchas cosas los bendice diciéndoles: “Vayan con el Señor, hermanos, y, según Él se digne inspirarlos, prediquen a todos la penitencia. Cuando el Señor omnipotente los multiplique en número y en gracia, me lo contarán llenos de alegría, y yo les concederé más favores y con más seguridad les confiaré asuntos de más trascendencia”. De regreso se establecen en Rivo Torto, luego se fijan en la Porciúncula.

Adopta el nombre de Orden de Frailes Menores: “Se decía en la Regla: Y sean menores; al escuchar esas palabras en aquel preciso momento exclamó: Quiero que esta fraternidad se llame Orden de Hermanos Menores”.

1211 Francisco de embarca para Siria; pero imposibilitado, regresa a Italia.

Consta que en este año los parientes de Clara tenían pensado para ella un novio de su nivel, Ranieri de Bernardo. Pero Clara rechaza esta propuesta.

1212   Francisco y los hermanos reciben a Clara en la Porciúncula. En la noche del 18-19 de marzo (entre el domingo de Ramos y el lunes Santo) Clara huye de la casa paterna y es acogida por los frailes; allí se consagra al Señor.

La reacción de los parientes de Clara no se hizo esperar: irrumpieron en el monasterio de San Pablo de Bascia adonde la había llevado Francisco después de aquella noche. No logrando su propósito porque Clara se había adscrito voluntariamente al derecho eclesiástico al hacerse tonsurar.

Francisco compone entre 1212-13 para Clara, una forma de vida, donde promete un especial cuidado y solicitud hacia ella y sus hermanas.

1213 El Conde Orlando Chiusi ofrece a Francisco el monte Alverna.

1213-14 Francisco viaja a España con intención de ir a Marruecos, pero una enfermedad le obliga a regresara la Porciúncula.

1215 Viaje de Francisco a Roma durante el Concilio IV de Letrán (noviembre). Aquí se encuentra con Domingo de Guzmán.

Clara obtiene del papa Inocencio III, el llamado Privilegio de la pobreza, según el cual nadie podría obligar a “las damianitas” a tener, ni rentas ni posesiones. Clara tiene que optar por una de las Reglas de vida de Órdenes ya existentes, ya que en uno de los cánones del IV Concilio de Letrán prohibía la fundación de nuevas Órdenes. Y Clara, forzada, opta por la Regla de San Benito, con los arreglos del cisterciense Ambrosio, confesor del cardenal Hugolino.

Posible composición de la Carta a todos los fieles compuesta por Francisco. La alusión a su enfermedad podría obligar a escoger o el año 1215, o también los últimos años de su vida. La semejanza de la carta con la regla no bulada haría pensar como año de su composición en 1221.

1216 Muere Inocencio III, elección de Honorio III en Perusa; en esta ocasión, el Card. Jacobo de Vitry conoce el movimiento franciscano. Este cardenal deja un testimonio acerca de las hermanas menores, y dice que vivían en pequeños cobijos.

1217 Capítulo General en la Porciúncula: se inician las misiones transalpinas y ultramarinas. Francisco que quería ir a Francia es detenido por el Cardenal Hugolino en Florencia.

Entre 1217 y 1221, Francisco compone La Regla para los eremitorios. La originalidad de esta Regla y de esta forma de vida entre los hermanos menores, está en la conjugación y alternancia entre la vida de María y la vida de Marta, desconocida de otras experiencias eremíticas.

1218 Honorio III, con la bula cum dilecti, garantiza la catolicidad de los hermanos menores. El Cardenal Hugolino es encargado por el papa de las nuevas formas de vida religiosa femenina.

Posible composición de la Carta a un ministro. Su composición se coloca entre los Capítulos de Pentecostés de los años 1218-21. El destinatario concreto de la carta no es posible determinarlo con certeza. La lectura de la carta encontrará, alrededor del tema de la misericordia para con los hermanos que pecan, otros temas a los que Francisco nos tiene acostumbrados, como por ejemplo: todo es don y gracia.

1219 Capítulo de Pentecostés: nuevas expediciones misioneras (26/5). Francisco marcha a Damieta (24/6). Es testigo de la derrota de los cristianos. A fines de año es recibido por el sultán Melek-el-Kâmel; con quien dialoga y es bien recibido y protegido.

Clara pide al papa, al menos para San Damián, el nombramiento de un visitador franciscano, proponiendo explícitamente a Fray Felipe Longo. El papa se lo concede, y otorga a dicho visitador la facultad de excomulgar a todos aquellos que disturban a las monjas.

La rápida transformación, positiva en general, puso en crisis los fundamentos mismos de la opción franciscana: se corría el riesgo de obscurecer, desviar y aún perder el ideal evangélico. La madurez de la vida de Francisco está marcada por su grande y fraterno esfuerzo por salvar el ideal evangélico. La época que va de su viaje a Palestina (1219) a la redacción de la primera regla (1221) es el período más característico para esta controversia.

1220 Primeros mártires franciscanos en Marruecos (enero: “Ahora si tengo cinco verdaderos hermanos menores”.). Francisco regresa a Italia; se procura y obtiene el cardenal protector para su Orden. Renuncia al gobierno de la Orden y es nombrado vicario general Pedro Cattani.

Posible redacción de la Carta a toda la Orden compuesta por Francisco. La lectura de la carta deja traslucir una evolución en la primitiva fraternidad franciscana. Algunos prefieren un margen mayor, entre 1220-1223.

También en esta fecha compone la Carta a los custodios. Sus destinatarios son todos los superiores de la Orden de los hermanos menores, a quienes se denomina todavía, custodios.

1221 Muere Pedro Cattani (10/3); en el Capítulo de Pentecostés (30/5) es elegido como sucesor el hermano Elías. Se aprueba una nueva redacción de la Regla que mire más a las opciones evangélicas que a los ordenamientos jurídicos.

Honorio III aprueba el primer Memorial de los penitentes laicos, que se considera la primera Regla de la Tercera Orden fundada por Francisco.

1221-22 Francisco predica en la Italia central y meridional. El 15-8-1222 predica en Bolonia.

1223 A comienzos de año, Francisco redacta en Fonte Colombo una nueva Regla, presentada al Capítulo de Pentecostés (11/6) y aprobada por Honorio III con la bula Solet anuere (29/11). Esta Regla era más breve que la primera, más normativa, ateniéndose al minimum para, por un lado, no perder el núcleo de la opción evangélica y, por otro lado, poder acomodarse a la nueva situación de la Orden. Francisco era un hombre realista y de una gran clarividencia y por eso aceptaba las consecuencias de un proceso irreversible de transformación. Se trataba de frenar el riesgo de decadencia en la que él había visto caer a las más grandes Órdenes religiosas que le habían precedido. Esta fue su gran tarea cristiana de fundador. Francisco escribe lo que ha creído, vivido y anhelado junto a sus hermanos de fe.

Noche de Navidad en Greccio.

Posible redacción de la Carta a San Antonio. Entre los años 1223-4, pues en ella hace alusión a la Regla bulada, promulgada el 29 de noviembre de 1223.

1224 En la cuaresma de San Miguel recibe la estigmatización, en el Monte Alverna; lo acompañaba Fray León. En octubre-noviembre retorna a la Porciúncula.

Estando Francisco y León en el Monte Alverna, Francisco compone y escribe en un pequeño pergamino que se conserva aún hoy en el Sacro Convento de Asís, las Alabanzas al Dios Altísimo, y una bendición al hermano León, junto con el dibujo de la TAU.

1225 Permanece en San Damián, donde compone el Cántico de las creaturas. Luego parte para el valle de Rieti para someterse al tratamiento de los ojos. En Fonte Colombo se le hace la cauterización.

Clara cae enferma y prácticamente permanecerá así por el resto de su vida: la causa fue, probablemente, el exceso de las mortificaciones y los ayunos, al igual que Francisco.

1226 Marcha a Siena para ulteriores curas de los ojos. Dicta el Testamento llamado “de Siena”. Sintiendo la proximidad de su muerte se hace trasladar a la Porciúncula. El sábado 3 de octubre muere Francisco, “desnudo, en la desnuda tierra”. Clara y sus compañeras veneran el cuerpo de Francisco, llevado hasta San Damián por el cortejo fúnebre. El 4 de octubre es sepultado en la iglesia de San Jorge.

Posible redacción del Testamento de Francisco. No se da entre los autores absoluta unanimidad ni en cuanto al lugar donde fue escrito ni en cuanto al tiempo. Agosto-Setiembre de 1226 a los últimos días de su vida son las fechas preferidas. Y, por lo que respecta al lugar, la Porciúncula.

También por finales de Setiembre a principios de octubre compone la Última voluntad a Santa Clara. Su estilo es directo y sencillo.

1228 El 16 de Julio, Gregorio IX canoniza a Francisco.

1228-9 Tomás de Celano compone la primera biografía de Francisco.

1230 El cuerpo de Francisco es trasladado a la basílica construida en su honor.

1234-38 Clara escribe tres de las Cartas dirigidas a Inés de Praga.

1240 Asalto de las tropas mercenarias sarracenas del Emperador al monasterio y fuga de las mismas gracias a la oración de las hermanas. (“Yo las protegeré siempre”).

1246 A partir del Capítulo General de 1244, Tomás de Celano asume la tarea nuevamente como biógrafo oficial, y redacta la segunda biografía de Francisco.

1247 Clara escribe la Regla y obtiene la aprobación por parte del cardenal protector.

1252-53 Tomás de Celano por pedido de los superiores recoge en El Tratado de los milagros, lo milagros realizados por San Francisco durante su vida o por intercesión después de su muerte. Por la importancia que en la Edad Media se daba a todo hecho prodigioso, era natural, entre los hermanos, el deseo de conocer milagros y más milagros del Padre venerado.Aparte de que ello redundaba en la fama del Santo y, por ende, en el prestigio de la Orden.

1253 (comienzos)Escribe la cuarta Carta a Inés de Praga. El 9 de agosto obtiene la aprobación pontificia de la Regla. El 11 de agosto muere Clara. (Exclamando: “Gracias Señor porque me creaste”).

1260 Su cuerpo es trasladado a la Basílica construida en su nombre sobre la antigua iglesia de San Jorge en Asís.

1263 A partir de este año se las denominarán básicamente como “clarisas”, por el patronazgo espiritual al que deben su inspiración en el camino evangélico.

Fr. Jorge Cittadini


 

 FUENTES

Fidel Aizpurúa ofm cap.,El camino de Francisco de Asís. Curso básico de franciscanismo. Vida, escritos y espiritualidad de Francisco, Ed. Asís, Valencia 1991.

Fidel Aizpurúa ofm cap.,El camino de Clara de Asís. Curso básico de franciscanismo. Vida, escritos y espiritualidad de Clara, Colección TAU, Laguna de Cameros 1992.

José Antonio Guerra, "San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época", B.A.C., Madrid 1993.

 

 

 

Capilla de la Porciúncula

 

La capilla, de antiquísima construcción, venerada por las apariciones de los espíritus celestiales, pertenecía a los monjes Benedictinos del Subasio que llamaban "Porciúncula" (es decir, pequeña porción) a la más pequeña propiedad del monasterio en la cual estaba. En seguida el nombre de la tierra pasó a designar la iglesita misma. Habiendo quedado en abandono por mucho tiempo, fue restaurada por San Francisco quien comprendió aquí claramente su vocación y fundó la Orden de los Frailes Menores (1209), "fijando aquí su morada, dice S. Buenaventura, por la reverencia que tenía hacia los Ángeles y por su amor entrañable a la Madre de Cristo a quien estaba dedicada la iglesita". Obtuvo de los Benedictinos como don el lugar y la capilla, para hacer el centro de su nueva fraternidad. El 28 de marzo de 1211 Clara de Favarone de Offreduccio, recibió en esta capilla de manos del santo el hábito franciscano, iniciando la Orden de las Damas Pobres (Clarisas). En 1216, en una visión, Francisco obtuvo de Jesús mismo la indulgencia del Perdón de Asís que fue aprobada por el papa Inocencio III, lucrable una sola vez, los días 2 y 15 de agosto y 4 de octubre y otra vez en cualquier día del ano cumpliendo las condiciones indicadas en la página 11. En la Porciúncula, que fue y es el centro del franciscanismo, S. Francisco reunía cada ano a sus frailes en Capítulo (reuniones generales) para discutir la Regla y para que se encendieran en nuevo fervor. Es célebre d "Capítulo de las Esteras", al cual concurrieron más de cinco mil frailes (1221).

Interior de la Porciúncula

El interior de la Porciúncula conserva toda la frescura de la primitiva austeridad franciscana. Las piedras, rústicamente cuadradas, parecen recordar la mano inexperta del joven restaurador Francisco Pero en sus reflejos lucientes hay casi el eco de la plegaria incesante que desde siglos se eleva desde esta "pequeña porción" de la tierra. Millones y millones de almas han atravesado esta "puerta de vide eterna" y se han postrado aquí para volver a hallar la paz y el perdón en la gran Indulgencia.

El gran cuadro de Prete Hilario

La pintura del gran cuadro sobre el altar es de Prete Hilario de Viterbo (1393). Al centro, Anunciación del ángel a Maria, alrededor, (de derecha hacia abajo) Milagro de las Rosas, Concesión, aprobación y publicación de la célebre indulgencia. Notable, en alto, el momento de la aparición de Jesús y la Virgen al santo, que implora de rodillas el gran privilegio. En la Porciúncula, además de las fiestas del Perdón, de la Asunción, de San Francisco, de la Inmaculada y de tantas otras solemnidades que atraen masas ingentes de fieles, se celebra con especial solemnidad la Jornada de oraciones por los devotos del Santuario, el 25 de marzo (en esta circunstancia desde todo el mundo llegan Cartas a Nuestra Señora de los Ángeles); y la Jornada para conmemorar los devotos difuntos, el segundo domingo de noviembre.


 

INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA

 

En julio de 1216, Francisco pidió en Perusa a Honorio III que todo el que, arrepentido y confesado, entrara en la iglesita de la Porciúncula, ganara gratuitamente una indulgencia plenaria, como la ganaban quienes se enrolaban en las Cruzadas, y otros que sostenían con sus ofrendas las iniciativas de la Iglesia. De ahí el nombre de Indulgencia de la Porciúncula, Perdón Asís, u otros parecidos.

Más allá de las controversias históricas acerca de los orígenes y circunstancias de la concesión de la Indulgencia, lo cierto es que la Iglesia ha seguido, hasta nuestros días, otorgando y ampliando esa gracia extraordinaria.

En la actualidad, esta Indulgencia puede obtenerse no sólo en Santa María de los Ángeles o la Porciúncula, sino en todas las iglesias franciscanas, y también en las iglesias catedral y parroquial. Esto sucede cada 2 de agosto, día de la Fiesta de Santa María de los Ángeles o de la Porciúncula, una sola vez, con las siguientes condiciones:

1) Visitar una de las iglesias mencionadas, rezando la oración del Señor y el Símbolo de la fe (Padrenuestro y Credo);
2) Confesarse, comulgar y rezar por las intenciones del Papa.

Estas condiciones pueden cumplirse unos días antes o después, pero conviene que la comunión y la oración por el Papa se realicen en el día en que se obtiene la Indulgencia.

 


 

El saludo de “paz y bien” en la tradición franciscana

 

franciscano

Cuando uno se encuentra con un franciscano, religioso o seglar, su saludo es: "Paz y Bien". Algunos lo consideran un saludo tardío; otros opinan que arranca del mismo San Francisco.


 

Una de las primeras biografías de San Francisco nos transmite que tanto Francisco como sus compañeros basaban su pedagogía de pacificación en la verdadera paz con uno mismo y con la fraternidad, con el grupo, transmitiendo serenidad y alegría contagiosa. Decía Francisco: "La paz que proclamas con la boca, debes tenerla desbordante en tu corazón, de tal manera que por tu paz y mansedumbre invites a todos a la paz y a la benignidad".

El mismo Francisco, en su Testamento, recuerda algunos valores que el Señor, dador de todo bien, le ha regalado, y uno de ellos es que encontrándose con la gente les diese este saludo: "El Señor te dé la paz".

Así que no solo de camino o por las calles de la ciudad, sino que en cada sermón, antes de comunicar la palabra de Dios e invitar a la conversión, deseaba la paz a los presentes diciendo: "El Señor les dé la paz".

La paz, fruto de la justicia, abre el camino a la bondad, lluvia fecunda del Dios que es bien, todo bien, sumo bien, y que se concreta entre los hombres en la concordia y la reconciliación. En un mundo de violencia y discordia como el medieval, pero que se prolongan también en nuestro mundo contemporáneo, es bueno recordar que Francisco se sirve de la música, de la poesía y de la experiencia del Dios que es el gozo, nuestra alegría y nuestra riqueza a saciedad, e invita a algunos de sus hermanos a que reúnan al alcalde y al obispo de Asís, que estaban enemistados, y les canten el "Cántico de las criaturas", al que añade una estrofa nueva: "Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor y soportan la enfermedad y la tribulación. Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, coronados serán".

El saludo de "Paz y Bien" es una invitación a abrir el corazón a la paz, fuerza interior y principio de renovación y de bien moral y social. Por eso, Francisco pedía a sus hermanos que no quería que se mostrasen tristes y enojados, sino, más bien, gozosos en el Señor, alegres y debidamente agradables.

Cuenta una tradición que, antes del nacimiento de San Francisco, hubo un peregrino que recorría las calles de Asís repitiendo: "Paz y Bien". Dicen que así como Jesús tuvo su precursor en San Juan Bautista, a Francisco, "ángel de verdadera paz", lo precedió este peregrino con el anuncio de "Paz y Bien".

 
En contra de lo que muchos piensan, el verdadero saludo franciscano no es "Paz y Bien", que tiene su origen en la anécdota de un peregrino que pasó por Asís saludando a todos de  ese modo, antes de que naciera San Francisco. El saludo franciscano, como se anteriormente, tiene su origen en el Evangelio, más exactamente en el mandato de Cristo a sus apóstoles y discípulos, de saludar con la paz a todos los que encontrasen en su camino.
Fuente: Jacques Paul, Pace. Il saluto di pace, Dizionario Francescano, Edizioni Messaggero, Padova 1983.

 

Un poco más sobre este saludo…

abriendocaminos

Para San Francisco y sus compañeros vivir el Evangelio suponía una imitación, lo más fiel posible a la forma de vida de Cristo y de los apóstoles, con una destacada predilección por la predicación itinerante. Así, por ejemplo, las palabras que Cristo dirige a los discípulos cuando los envía a misionar, son los textos que los franciscanos meditamos más ardorosamente, y de los que sacamos aquellos consejos que se adaptan directamente a nuestra vida.

Estos versículos evangélicos se incluyen en la trama misma de la Regla, en el capítulo que habla de la manera de ir por el mundo. En la primera Regla forman ellos solos casi la totalidad del capítulo. Los hermanos debían ajustarse a estos consejos. Así, "en cualquier casa donde entren digan primero: Paz a esta casa. Y permaneciendo en aquella casa coman y beban lo que les pongan delante" (cap. 14).  En este texto se puede identificar una cita de San Lucas, restringida, pero exacta en sus palabras. En la segunda Regla la intención es idéntica, pero la redacción es aún más esencial.

A esta paz, dirigida a las casas donde entran los franciscanos, se añade un saludo idéntico para todos los que se cruzan en su camino. Francisco escribe en el Testamento: "El Señor me reveló que dijésemos este saludo: El Señor les dé la paz". Esta práctica va más allá de la prevista en las palabras de envío de Jesús a los discípulos, pues proviene de Francisco y de su inspiración. Podemos pensar que deriva del texto evangélico, y que completa sus recomendaciones. Sabemos igualmente que Francisco, desde los comienzos, empezaba sus sermones deseando la paz: "En cada predicación, antes de transmitir la palabra de Dios al pueblo, les deseaba la paz diciendo: El Señor les dé la paz" (1Cel 23). En 1Cel (primera biografía de Tomás de Celano) y en 3Comp (Leyenda de los tres compañeros), este saludo de paz al comienzo de la predicación parece conectar con la meditación de los textos evangélicos relativos al envío de los discípulos para la misión, que Francisco ya había descubierto antes. En pocas palabras: los saludos de paz parecen tener el mismo origen y significado.

El significado de estos diferentes saludos de paz sólo se explican en un pasaje de Tres Compañeros. Francisco decía a sus compañeros. "Que la paz que anuncian de palabra, la tengan, y en mayor medida, en sus corazones. Que ninguno se vea provocado por ustedes a ira o escándalo, sino que por su mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar y vendar a los heridos y para corregir a los equivocados." (3Comp 58).

La paz que los franciscanos debemos tener en nuestra boca es la del corazón. Es la paz interior, la que hemos conquistado. El escándalo y la ira que ellos podrían provocar si faltaran estas buenas disposiciones, refleja, evidentemente, el vocabulario de las Admoniciones. Escándalo e ira son la realidad de los que no saben conservar la paz... Esta paz que los franciscanos tratamos de llevar en nuestro corazón es la del comentario de la Admonición 15 a la bienaventuranza de los pacíficos.

Francisco compromete a sus hermanos a anunciar la paz y a dar testimonio de la dulzura, que se convierte en el medio para atraer a todos los hombres a la paz verdadera, a la bondad y a la concordia. Esta finalidad conlleva la reconciliación entre los hombres, en los mismos términos de la paz medieval. El modo que Francisco impone a los hermanos es el que él mismo les había enseñado, haciéndoles cantar el Cántico con una estrofa sobre la paz, cantada en presencia del podestà o regidor de Asís y del obispo. El saludo de paz es el esbozo del mismo diseño. Puede ser el principio del renacimiento espiritual que lleva finalmente a la concordia.

La vocación franciscana presentada por Francisco de manera metafórica hace clara alusión a la oveja perdida, es decir, al pecador que se desvía y que necesita reconciliarse con Dios. Las llagas y los miembros heridos, son más bien una evocación de los conflictos humanos y de sus consecuencias: el odio, la ira y todos los sentimientos desencajados de la turbación. Francisco, conscientemente, va sembrando el camino de fermentos de concordia, sabiendo además que sus hermanos son un testimonio vivo de ello.

El saludo de la paz hecho a imitación del Evangelio, como primera palabra que los franciscanos dirigimos a los demás, se esfuerza en hacer que el corazón se abra a la paz, es decir, a esa fuerza espiritual interior que es principio de renovación moral y civil. Esta primera palabra pretende hacer entrar en los planes de renovación entre los hombres, mediante la profundización interior y el Evangelio, del que la Orden franciscana da un testimonio colectivo. Dos textos evangélicos, con sentido probablemente idéntico, parecen permitirnos dos modos de acercarse a la paz. Hay que notar que en Francisco ambos se funden en una misma experiencia de la paz.


bendicion


La Familia  Franciscana

La vocación franciscana es una vocación de familia, tiene diversas expresiones:

  1. Una expresión de consagración masculina: Orden de Frailes Menores

 

La Orden de Frailes Menores o primera orden, posee tres ramas: los Observantes, los Conventuales, y los Capuchinos. Las tres nos denominamos OFM (Orden de Frailes Menores) añadiendo como complemento, su nombre característico. Todas tenemos el mismo ideal de vida, expresado en la Regla única de San Francisco que todos profesamos y en su Testamento. Cada una de estas Órdenes tiene distintas Constituciones, que aplicamos a la Regla y marcan matices que identifican y distinguen una de otra. Hoy podemos afirmar con seguridad que fue el Espíritu Santo quién impulsó las reformas, con el fin de dar renovada vitalidad al carisma franciscano y a la Iglesia Universal.

  1. Una expresión de consagración femenina: La Orden de Santa Clara  o de las Damas pobres (Clarisas)

 

Son hermanas de vida contemplativa, llevan vida de “clausura” en el mundo… Viven una vida fraterna alegre y comparten de su trabajo, del cual subsisten, con los más pobres. Llevan una vida de oración profunda y una vida de penitencia austera. Reciben en la hospedería a todos los que deseen encontrarse con Dios en el silencio y la oración.

  1. Una expresión de consagración laical: La Orden Franciscana Seglar

 

También los jóvenes pueden vivir francisacanamente un estilo de vida evangélico en las fraternidades del movimiento JUFRA (Juventud Franciscana). Reuniéndose para orar, reflexionar, celebrar y anunciar al Dios de la historia; tratando de compartir esta experiencia como un camino de discernimiento vocacional para su vida. Esta etapa va desde los 10 hasta los 30 años y está inserta dentro de la Orden Franciscana Seglar.

  1. Una forma de consagración femenina y masculina, dentro de la tercera Orden regular: Hermanos y Hermanas franciscanas que profesan votos