Fuimos creados por Dios, para compartir Su Gloria, Su infinita felicidad en el Cielo.
    Pero necesitamos que El viva en nosotros, para que pueda amarse en nosotros, y eso es la Gracia: nuestra participación en Su naturaleza divina. La debemos pedir en la Oración, y normalmente la recibimos por medio de los Sacramentos, que son los 7 canales por donde la Gracia viene a divinizarnos.

    En cada uno de ellos la Gracia tiene un matiz peculiar:

 

Bautismo

El Bautismo, es la gracia de la filiación divina: nos hace hijos de  Dios, templos del Espíritu Santo, miembros del Cuerpo de la Iglesia.

Los bautismos se realizan todos los sábados a las 18hs.
Se debe anotar al niño como máximo en la semana del bautismo.
Requisitos: DNI del niño, de los padres y padrinos. La Catequesis Pre-Bautismal se realiza antes de la celebración

Comunión

En la Eucaristía comulgamos con el mismo autor de la Gracia, Jesucristo Nuestro Señor, intimando con El, en humilde adoración, como dos que se aman y se poseen.

Requisitos: Certificado de Bautismo. Pase si viene de otra Parroquia. Tener 9 años en adelante. Haber realizado el curso preparatorio (dos años).

Confirmación

En la Confirmación, recibimos en mayor plenitud esa semilla bautismal, con los Dones del Espíritu Santo.

Requisitos: Traer certificado de Bautismo. Haber realizado el curso preparatorio. (dos años)
Padrino: debe estar confirmado (traer certificado). Mayor de 18 años y que no sea el Padre o Madre del que se va a confirmar.

Matrimonio

En el Matrimonio, se recibe el don de la mutua fidelidad y comprensión para hacer del hogar un reino del amor y la felicidad familiar.

El expediente matrimonial se inicia con un mes de anticipación en la Parroquia del novio o de la novia que corresponda por el domicilio. Si pertenecen a otra parroquia, deben conseguir el PASE, junto a la constancia de Charla Pre-matrimonial.
Requisitos:
DNI de los novios, certificado de bautizmo ACTUALIZADO, certificado de Cursillo Pre-Matrimonial.Conseguir además dos testigos de información, mayores de 18 años, los cuales no deben ser parientes de los novios y deben conocer desde hace más de un año, indicando sus DNI..

Reconciliación
El Sacramento de la Penitencia, o la Reconciliación, o Confesión, es el sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo para borrar los pecados cometidos después del Bautismo.

Puedes acercarte media hora antes del comienzo de cada misa o llamar a la parroquia para saber los horarios en que puedes encontrar algun sacerdote.

Orden Sagrado

En el Orden Sagrado, Dios da a Su elegido la gracia de la configuración  con Jesucristo Sacerdote, y la ayuda para un fiel desempeño del Ministerio.
La vocación al sacerdocio se da en nuestra Parroquia. Para información o aclarar dudas, el Párroco puede ayudarte o te pone en contacto con los formadores del Seminario.
El Orden sacerdotal lo reciben todos los que tienen esta vocación y ha cumplido todos los requisitos.

Unción de los Enfermos

En la Unción de los Enfermos, por último, Dios asocia, al que está padeciendo, al Cristo que sufrió por nosotros, dándole, en esos momentos difíciles, un sentido a su dolor, aliento para sobrellevarlo (y para reponerse, como es frecuente), y mayor pureza de alma como para ser recibido  en el Cielo.
La familia del enfermo debe llamar a la secretaría parroquial para concertar la visita del sacerdote al hogar.

 

Cada uno de los siete sacramentos se presenta aquí de manera accesible para cualquier nivel de preparación, sin requerir conocimientos previos ni vocabulario teológico.  

    Dispongámonos, pues, a disfrutar de un descubrimiento, o de un oportuno repaso, o de material útil para comunicar a otros las riquezas de la doctrina cristiana.  

 

    I

  ¡Vamos a un bautismo!

    Todos, en cualquier momento, vamos a participar de un Bautismo. Como en el nuestro no teníamos mucha conciencia de lo que nos estaba ocurriendo, va a ser providencial el volver a estar cerca de la fuente (y de la gracia) bautismal.

    Aprovechemos, entonces, para reavivar algunos conceptos.

 Efectos del bautismo

    Por él comenzamos a disfrutar de la condición de hijos de Dios. ¡Comienza la vida! Nacemos a la gracia, a la vida que anima nuestra alma así como el alma anima nuestro cuerpo: si la vida del cuerpo es el alma, la vida del alma es Dios, dice San Agustín.

    Este sacramento

 •  quita el pecado original, la mancha heredada de Adán y Eva, la culpa cometida en ellos, reconciliándonos con Dios. Nos quedan, sin embargo, las  malas inclinaciones.

 •  nos infunde la gracia, que nos fortalece para combatirlas, haciéndonos,  como hemos dicho, hijos de Dios y herederos del Cielo.

 •  y nos imprime carácter: ya no podemos volver a la anterior condición, puramente natural. Seremos, para la eternidad, buenos o malos hijos de Dios,  cristianos.

                                                                II

                                               Dispuestos al testimonio

                                                      LA CONFIRMACIÓN

    Este es el sacramento que nos da el Espíritu Santo, fortaleciéndonos y confirmándonos en la Fe recibida en el Bautismo.

    Como todo sacramento, es un signo sensible (se ven la imposición de manos y la unción en forma de cruz hechos por el obispo, y oímos las palabras que dice), que nos comunica algo invisible: la Gracia del Espíritu Santo que se nos da y que nos reafirma en la Fe recibida.

    Si el Bautismo es el sacramento de la iniciación en la Vida Divina en nosotros, la Confirmación, como algo propio de adultos, nos mueve a defender esa vida de gracia y a dar razón de lo que creemos.

    Si la vida cristiana es un combate contra los tres enemigos del alma (el mundo del pecado, el demonio y las malas inclinaciones), la Confirmación nos dispone como bravos soldados.

 Disposiciones

    Para recibirlo bien es preciso

 •  Estar en gracia de Dios, para que este sacramento nos la aumenta. Si se lo recibiera en pecado mortal, el sacramento valdría, pero obraría sólo después de una buena confesión.

•  Conocer la Doctrina cristiana, que habremos de defender aún a costa de la vida (como los mártires).

•  Acercarnos a recibirlo con gran devoción y piedad, como corresponde.

 Efectos

    Y ¿qué hace en nosotros la Confirmación?

 •  Imprime el carácter de soldados de Cristo nuestro Señor.

 •  Aumenta la gracia, la Vida divina, la amistad con Cristo, que pedimos en la Oración, recibimos en los sacramentos y defendemos contra cualquier tentación. 

•  Nos fortalece, efecto propio de este sacramento, especialmente en circunstancias difíciles en que se nos exija un valiente testimonio de nuestra Fe, de amor a Dios, de nuestra pertenencia a Su única Iglesia (Católica, Apostólica, Romana).

    La fuerza del Amor, por la presencia del Espíritu Santo, nos anima a vencer a cualquier enemigo del alma, obrando según sus 7 dones: sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios.

    Ser Cristiano no es fácil, entre los malos ejemplos, las malas inclinaciones, el Tentador, y -como si esto no fuera bastante- las pretensiones, que no faltan, de justificar esas verdaderas claudicaciones y traiciones a Dios que son los pecados.

    Pero para el que asume su vida cristiana como lo que es, milicia para conquistar el Cielo, el triunfo estará en la perseverancia en ese combate espiritual. Esa será su victoria: que Dios, cuando venga a buscarlo, lo encuentre en pie de guerra (aún con algunas cicatrices...), en marcha a través de las variadas circunstancias de la vida.

    Cristo el Señor va delante, la Virgen Nuestra Madre y Señora nos guarda, los Angeles y Santos nos alientan con su ejemplo e interceden por nosotros.

    Soldados de Cristo, confirmados en Su Amor, ¡adelante! III

   

 ¡Vamos a misa!

    LA EUCARISTIA

    Acerquémonos al altar, sin miedo. Estamos en casa. Ya aparecerá el sacerdote, seguramente con monaguillos. Mientras lo esperamos. pensemos un poco en lo que va a ocurrir.

    Por empezar, no creamos que el protagonista es el sacerdote, sino en todo caso secundariamente. Sabemos que Cristo, Dios hecho hombre para salvarnos de la eterna condenación, murió y resucitó. Pues bien, ese sacrificio se repite, misteriosamente, en la celebración de la Santa Misa.

    Es decir, Dios mismo se hace presente en la Iglesia, renueva el misterio de la Redención o salvación espiritual, y se nos da hecho alimento para nuestra vida cotidiana (espiritualmente hablando). Vida de familia, de trabajo, de estudio, de relación..., siempre queriendo hacer el bien y con sentido y mérito para después de la muerte.

    Y bien, para obrar bien, y hacer bien el bien que hagamos, Dios nos dará luz, paz, serenidad, consuelo... Va a traernos Su gracia, y a eso hemos venido: a pedirla.

    Y aparece el celebrante. Besa el altar, adhiriendo al Sacrificio de Cristo, y todos rezamos el acto de contrición, purificándonos para acercarnos al Señor que es a la Santidad misma.

    Escuchamos las lecturas de Su Palabra, que por el misterio de la Liturgia nos traerán, seguramente, algún mensaje personal. El sermón, predicación, u homilía hace llegar esa Luz a las diversas circunstancias de nuestra vida, preparándonos para unirnos con Dios en una Vida, en un mismo Cuerpo, en común-unión eucarística.

    Pero antes que esto, respondemos a esa Palabra, a esa invitación divina, ofreciéndonos a Aquél que por todos se ofreció hasta morir. Es el ofertorio, y hacemos el propio en esas hostias blancas que nos representan, y que van a ser cambiadas, por las palabras de la consagración, en el mismo Cuerpo del Salvador, así como el vino se hará Su misma Sangre.

    A todo esto vemos gestos, oímos oraciones, en algunos momentos la gente canta. Así, para la consagración, nos arrodillamos, en adoración sincera. Le decimos interiormente, por ejemplo: -Señor mío y Dios mío... Y cantamos -siempre de modo y con canciones apropiadas a esa finalidad- alabando al Dios-con-nosotros. Todo nos ayuda, litúrgicamente, a elevarnos. No tenemos que distraernos, ni tampoco entretenernos. Estamos participando del Misterio que se está realizando.

    Y así como todos necesitamos del perdón, y a todos se dirige la Palabra divina, todos le respondemos ofreciéndonos para lo que guste mandar... El nos recibe, nos consagra haciéndonos otros-Cristos, nos reúne en Su Cuerpo Místico animado por el mismo Espíritu de Amor.

    Por eso Dios quiere que todos nos acerquemos a comulgar, a recibirlo en el Santísimo Sacramento -debidamente preparados-, para salir de Misa fortalecidos, entusiasmados (que quiere decir, en griego, endiosados, poseídos del gozo divino).

    Y si el sacerdote nos despide con la bendición en forma de Cruz, esto nos recuerda que volvemos a la lucha y cruces cotidianas. Pero volvemos dispuestos a llevar la cruz con ánimo, sabiendo que Cristo la llevó por nosotros, y la lleva con nosotros. Aún más, volvemos resueltos a llevarla con alegría, pues toda cruz tiene sentido y mérito unida a la Cruz redentora de Cristo que ha resucitado, venciendo a la muerte y abriéndonos el Cielo.

    Gracias a la Cruz, entonces, gracias a la Misa, podemos ser santos y eternamente felices en la Bienaventuranza para la que hemos sido creados.

    Si vamos viviendo así la Misa, haremos de ella, cada vez más, nuestro cielo en la tierra.

    ¡Vamos, entonces, a Misa!, sin vacilar, sin rezongar, sin quedarnos en la vereda, sin querer deformarla. Vamos alegremente al Santo Sacrificio de la Misa

IV

Restablecer la amistad

LA RECONCILIACIÓN SACRAMENTAL.

    -Perdoname, estuve mal...

    Así reparamos una ofensa y restablecemos, con nuestro amigo, una relación que valoramos y queremos cultivar. Y sólo nos quedamos tranquilos cuando sentimos su mano y vemos su sonrisa y escuchamos su:

    -¡No es nada!, no sé de qué estás hablando...

    Ese es el signo del perdón y de que, en adelante, todo sigue como antes. Y todavía mejor. Porque hemos mostrado que esa amistad significa algo y mucho para nosotros.

    Somos sensibles. Así nos hizo Dios.

    Y con El ocurre algo parecido, cuando lo hemos ofendido (después de todo, ¿no fuimos hechos a Su imagen y semejanza?).

    Es decir, cuando la conciencia nos remuerde, llamándonos la atención sobre algo que sabemos que estuvo mal -o menos bueno y que demuestra poco amor-, entonces queremos volver a Su amistad. Y querríamos escuchar Su voz y tener como un signo de su perdón. ¿Es posible?

    El sacramento de la Penitencia, o Confesión o Reconciliación, es precisamente el medio que Dios ha puesto a nuestro alcance para restablecer de inmediato la amistad con El, perdida por el pecado.

    Y en este misterio de reconciliación con Dios, hay también un elemento sensible: vemos al sacerdote, bendiciéndonos, y escuchamos las palabras de perdón, la absolución del que hace de intermediario del perdón de Dios: a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos...

    Es que también para las cosas de la religión somos sensibles. ¡Así nos hizo Dios!

 ¿Qué hace falta?

    Para una buena confesión es preciso, en primer lugar, tener Fe. Fe para saber que hay un Dios, Sabio y Bueno y Justo, al que ofendo con mihacer lo que El no quiere o por no hacer lo que El me pide. Fe para descubrir en el confesor al representante de Dios; y para reconocer en él al juez, al médico, al maestro y al padre espiritual.

    Fe y, en segundo lugar, obrar en consecuencia. Porque a un Dios tan bueno y tan generoso tenemos que responderle con amor y gratitud. ¿Le habremos fallado? Conviene pues examinar la conciencia. Esto es, recordar en qué pudimos haberlo ofendido, para confesarlo debidamente.

    Luego -y es lo más importante- hay que dolerse de los pecados cometidos, con un arrepentimiento eficaz. Es decir con el dolor de una voluntad decidida a no volver a las andadas (aun cuando la sensibilidad no acompañe). Por ello es coherente la necesidad de proponer la enmienda, como cuando le aseguramos a nuestro amigo que esto no volverá a ocurrir..., y ponemos los medios para que así sea.

    Una vez confesados todos los pecados mortales que se recuerden -y convenientemente también los veniales-, vamos a cumplir la penitencia que nos impone el confesor, reparando la ofensa a Dios y al prójimo, restituyendo lo sustraído (cosas, fama, etc.), removiendo obstáculos a la gracia (incitaciones y ocasiones de reincidir, etc), reconciliándonos con quien sea.

 ¿Cada cuánto?

    Es muy conveniente confesarse con frecuencia, ya que la gracia propia de este sacramento no sólo nos perdona los pecados cometidos sino también nos da la fuerza necesaria para superar esas mismas tentaciones en adelante.

    Además, el examen de conciencia nos va ayudando a conocernos mejor. Más aún, nos va dando como un cuadro de la situación, como una pintura del jardín de nuestra alma, o una reseña del campo de batalla, para organizar mejor nuestra estrategia espiritual en adelante.

    Finalmente, no nos desanimemos si vemos que en dicho jardín siempre crecen los mismos yuyos... Cada uno y cada una tiene, en las distintas etapas o circunstancias de su vida, un problema o una tentación particular que se repiten. Ahí hemos de trabajar, reforzar, tal vez tomar una firme decisión.

    Una vez sinceramente confesados, no dejemos que ninguna consideración nos quite la alegría de habernos reconciliado con Dios, en Cristo, en la Iglesia.

 Práctica de la confesión

    Normalmente nos preparamos para una buena confesión con una suerte de actos preparatorios:

+ Damos gracias a Dios por todos sus beneficios, naturales y sobrenaturales, pasados, presentes y futuros.

+ Pedimos a Dios Su ayuda, luz y gracia para conocer las propias faltas y odiarlas eficazmente en adelante...

    Luego nos examinamos, en base a

 I - los pecados capitales    soberbia - avaricia - lujuria - ira - gula - envidia - pereza.

        y las virtudes opuestas   humildad - desprendimiento - pureza - mansedumbre - templanza - caridad fraterna - diligencia y fervor.

 II - los consejos evangélicos 

+ mi entrega del corazón a Dios y deseo de amar a Jesús con un corazón indiviso;

+ mi humilde sujeción a la voluntad de mis superiores, representantes de la autoridad de Dios.

III -  Los10 Mandamientos                                

 

   V

     ¿Llamar al cura..? 

                    LA UNCION DE LOS ENFERMOS

    

    Como en los demás sacramentos, en la Unción de los enfermos recibimos la gracia de Dios a través de Cristo, Dios hecho hombre, y por las manos maternales de María Santísima, Medianera de todas las gracias.  

    Suele suceder que un enfermo recobre la salud, al menos por un cierto período, al recibir este Sacramento. Así lo reconocen frecuentemente los médicos. Si, la gracia divina recibida fortalece el alma del cristiano, y de tal forma que una fuerza nueva y superior coopera para el bien total de la persona, no es extraño que el mejor estado anímico del paciente influya sobre su organismo de manera positiva.

    Por todo ello, por motivos sobrenaturales (la gracia de Dios) y por motivos naturales (el frecuente restablecimiento de la salud) siempre es conveniente recibir la Unción (antes llamada extremaunción), el sacramento de los enfermos. Hay que vencer cualquier obstáculo, sea por parte del enfermo mismo como por parte de los que lo rodean (prejuicios, ignorancia, vanas aprehensiones y temores, etc).

    Y es conveniente hacer público el propio deseo de que venga un sacerdote a acompañarnos en cualquier enfermedad. Y es preciso llamarlo en cualquier momento en que sea necesaria su presencia, y con su presencia el consuelo, la fortaleza, la tranquilidad espiritual y la alegría de saberse en paz con Dios y preparados, como las vírgenes prudentes del Evangelio, para salir al encuentro del Señor que viene a buscarnos en el momento que sólo El sabe.

                          

  VI

    El misterio del Sacerdote

EL ORDEN SAGRADO

    ¿Quién es éste que se permite decir a todos lo que pueden o no hacer..? ¿Quién es éste para pretender que, al decir esto es Mi cuerpo, y Yo te absuelvo y te perdono..., Dios mismo se hace presente, en el altar o en el que había pecado...?

Para el Cielo...

    El Sacerdote, no hay duda, es un hombre misterioso. Y así lo manifiestan muchas veces aquéllos que, con o sin simpatía, no lo entienden. Está envuelto en el Misterio del Cielo. Es el hombre-para-el-Cielo, y su vida y su misión no tienen sentido fuera de ese contexto. Lo demás es accesorio, preparatorio o consecuencia de esta realidad. De hecho, con su palabra y con su ejemplo predica qué hacer para ir al Cielo. Y con su ministerio todo hace el Cielo una realidad:

¨  bautizando, hace nacer al Cielo, a la posibilidad de la Herencia Eterna;

¨  confesando, vuelve al camino del Cielo a los que lo habían perdido;

¨  consagrando en el Altar, les trae a la tierra un poco de Cielo, pues el Cielo es Dios, y les trae a Dios;

¨  dándoles la Eucaristía fortalece a los que marchan al Cielo en medio de las luchas y caídas...

¨  bendiciendo los matrimonios testifica, en nombre de la Iglesia, que Dios ayudará a los contrayentes a hacer de su vida matrimonial un medio propicio para este peregrinar;

¨  y, con la Unción y el Santo Viático, les abre a los enfermos las puertas de la Bienaventuranza.

...en la tierra.

    Vive, como Cristo, en función del Cielo. Pero no por ello se desentiende de las realidades terrenas. Ellas han de ayudar y no oponerse a ese crecimiento de la vida de la Gracia en sí mismo y en los demás; especialmente en aquéllos que Dios va a encomendar a su cuidado, para la cura espiritual.

    Porque el Cielo es un Premio que el Señor ayuda a conquistar en esta tierra. Y para enseñar a los fieles y alentarlos en la restauración de todas las cosas en Cristo, Dios envía a los Sacerdotes, humildes canales de la Gracia, ecos fieles del único Maestro y Rey, cuyo es el Reino, el Poder y la Gloria por siempre.

    El Sacerdote será, para todos, eso y más: será el padre y el amigo, que con la misma caridad aliente y reprenda, atienda y comprenda, aconseje y esté siempre dispuesto a darse, a imitación de Jesucristo que se dio entero por todos en la Cruz.

    Será un nuevo-Cristo que repetirá la presencia santificante y consoladora de ese mismo Cristo que pasó haciendo el bien, y que lo sigue haciendo por medio de sus Sacerdotes.

    ¿Por qué lo llaman Padre? Porque la suya es una paternidad más alta que la de la sangre: él engendra, con su ministerio sacramental, numerosos hijos para la Vida Eterna, en la Iglesia.

    Y aquí tocamos otra vez el misterio. ¿Por qué el Sacerdote no se casa? Porque no quiere. Como el que está enamorado de otra persona prescinde de las demás... Un amor intenso a Jesucristo y a Su Madre Santísima llenan en su corazón sacerdotal el lugar del afecto a una mujer y una familia. En otras palabras, su vida de oración habitual -breviario en mano y amigo del sagrario- hace a su celibato alegre y fecundo.

    Como ocurre en el matrimonio natural, ese fuego de amor requiere alimento constante. Es también responsabilidad de los seglares el ayudar a sus sacerdotes a que mantengan siempre vivo, para sí y para los fieles que disfrutan de su ministerio, el calor del fervor, la luz de la doctrina segura, el gozo de un feliz apostolado.

 

                                        VII

     ¡Cásese quien pueda!

    EL MATRIMONIO

    ¿Y quién puede?

    No sólo el que tiene con quién..., sino con qué... Con qué comenzar a construir una obra tan hermosa, con qué lanzarse a una aventura tan llena de satisfacciones, con qué sembrar esa planta alta y firme que, a pesar de los vientos y tormentas, los posibles ataques y terremotos, echará raíces, florecerá y dará frutos, en la paz del hogar. Y evitará esa amenaza que se cierne y cae hoy sobre tantos jóvenes matrimonios mal cimentados, inseguros, sin madurez: el fracaso del divorcio, ruina del matrimonio. Fracaso posible, pero evitable, ciertamente, si antes de techar se aseguran las paredes... Si el árbol ha podido madurar:

¨ Si hay edad suficiente.

¨Si el amor no se queda en el atractivo sensible, sino que se hace cada vez más profundo, más espiritual, más de fidelidad que de sensibilidad.

¨Es decir, si hay disposición al sacrificio, prueba de amor verdadero, pues sin ella no habrá amor sino dos egoísmos que se juntan, y nunca para siempre.

¨En fin, si hay conciencia de lo que no es el matrimonio (mera satisfacción de un placer, algo disoluble y compartible...) de lo que es, los derechos y obligaciones implica, su fin, su ideal.

    Y para esta maduración está noviazgo, que supera las etapas del principio color de rosa, el pronto amanecer de los defectos respectivos... Amarse, luego, aún así, para ayudarse a ser mejores. Noviazgo que no precipita lo que será propio del matrimonio, pero sí anticipa lo que lo hará duradero.

Y ¿qué es?

    Hoy como ayer, y como siempre, el matrimonio es un contrato, aunque un contrato especial, en cuanto que es sagrado, y entre solos los que se casan, irrevocable y perpetuo. Contrato elevado, perfeccionado y resguardado por un sacramento, y en virtud del cual un varón y una mujer se dan libremente el derecho mutuo, perpetuo y exclusivo sobre sus cuerpos, en orden a los actos de generación y educación de los hijos.

    Vínculo indisoluble, ¡y gracias a Dios! Porque así, confiando en la fidelidad mutua para siempre, viven en paz y edifican su familia sin las sombras del engaño, del abandono, del evitar por cualquier razón y método los hijos que los reflejen, los ayuden y les alegren la casa.

    Y eso sin reservarse, como hoy se dice, el poder rehacer su vida mañana con otra persona, lo cual por lo general trae aparejado el deshacérsela a aquella con quien se es, hasta la muerte, un solo cuerpo y corazón.

    Es decir, sin ese corrosivo egoísmo, el del mariditovanidoso y perenne Don Juan, el de la mujercita liberada, caprichosa y siempre insatisfecha... El de los que prefieren uno o dos hijos a todo lujo, antes que muchos en la sencillez; y no por paternidad responsable, precisamente, controlando -en todo caso- la fecundación, sino impidiendo nacer a hijos ya vivos y en gestación, echando sobre sus conciencias la culpa del asesinato. ¿Qué paz podría haber luego en ese hogar? Por ese camino se marcha la ruina y no sólo en esta vida.

¿Para qué casarse?

    ¡Porque no es para eso que se casan! No para el crimen (más que matrimonio, sería asociación ilícita...); ni contra los hijos, ni entre ellos... (¿cuál es peor?). Sino, al contrario, para un santo amor fecundo en hijos y en los mil detalles de la convivencia afectuosa, de compartir buenas y malas, aprenderse y ayudarse recíprocamente a lo largo del camino de la mutua perfección.

    En otras palabras, para alcanzar juntos el fin de la vida humana: dar gloria a su Creador, santificándose ambos en la ayuda mutua y la procreación de sus hijos, que no es sólo hacerlos nacer sino encaminarlos hacia su propio perfeccionamiento en todo sentido: haciéndolos, con el auxilio infaltable de Dios y tras el ejemplo de la Sagrada Familia, sanos, virtuosos, piadosos, santos. Tal es el fin y el ideal, y la felicidad familiar.

    ¡Para eso Dios ayuda!, con la gracia del sacramento, que une a los esposos para siempre, y los alienta y  sostiene en las dificultades inevitables de la vida (y para eso no alcanza el matrimonio civil, mero trámite para efectos civiles).

    Así, sólo así, dispuestos a seguir unidos en cuerpo y alma hasta la muerte, ¡Cásese quien pueda!, quien pueda dar una palabra de fidelidad total y perpetua. Si no, ¡más vale no casarse! Sería engañarse, frustrar la hermosa esperanza de alcanzar la felicidad matrimonial a la que se estaba llamado.

    Urge, pues, tener ideas claras, decisión valiente, generosidad total. No cerrarse en lo sensible, que se marchita y va muriendo: abrirse a lo espiritual, secreto de un amor siempre joven: ¡amarse con el alma!, en este pleno sentido. Pero sin quedarse tampoco en lo natural: abrirse a lo sobrenatural, a la imprescindible gracia divina que nos sana y fortalece, para un amor que permanece y santifica, amor de Dios y en Dios, amor eterno. Contar con la gracia, pedirla en la oración común, vivirla en la caridad humilde, paciente, sacrificada, y también aguerrida, defendiendo la intimidad familiar de lo que atenta contra ella.

    ¡Así, sí,... cásese quien pueda!, quien pueda aspirar al ideal de la santidad familiar, que es la felicidad matrimonial del darse el uno al otro y ambos a los hijos, sin egoísmo alguno. Darse en la ayuda mutua corporal, afectiva, espiritual, y dar a los hijos el ser: Salud, Educación, Religión, con la palabra y las obras, y el ejemplo.

    ¡Así, sí, se puede!

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